Marc Ostfield ya no es el representante del Gobierno de los Estados Unidos en Paraguay, pero se sigue comportando como si lo fuera. Hay hábitos que ni la pérdida del cargo –que por cierto fue borrado de un plumazo tras la asunción del republicano Donald Trump– logra corregir, y el del exdiplomático es meterse donde nadie lo llamó ni lo quiere. El hombre que durante su gestión se autopercibía como “virrey del Paraguay”, que impartía títulos de corrupción y de honestidad según la conveniencia de su aliado político, vuelve ahora sin pudor, a dictar a los para­guayos el significado de su propio voto. Esto no fue un simple saludo, es la ratificación de la práctica a la que estaba acostumbrado desde siempre: injerencia.

Unos días después del triunfo electoral de la opo­sición en la capital del país, y desde su cuenta de LinkedIn, felicitó a la intendenta electa. No se limitó a un saludo protocolar: aprovechó para dar leccio­nes sobre lo que, según él, quisieron decir los asun­cenos. Señaló que el resultado expresa el deseo de un gobierno municipal más transparente y sentenció que “la alternancia democrática es una señal de la madurez de las instituciones”.

De cualquier otro funcionario -diplomático o no- el comentario parecería un guiño democrático y de cortesía. Sin embargo, es a todas luces un nuevo capítulo de la misma injerencia burda y grosera que marcó su nefasto tránsito por la capital paraguaya. No cabe duda que no solamente desconocía las fun­ciones y la ética de un diplomática, es que Ostfield nunca comprendió que un embajador representa a su país ante otro país soberano, no lo tutela.

Cuando lanza alegremente comentarios sobre la democracia paraguaya, siempre es bueno recordar de quién se trata. Durante su gestión, entre marzo de 2022 y enero de 2025 (luego de ser echado a pata­das por el secretario Marco Rubio) Ostfield convir­tió la embajada en una tribuna política. En julio de ese mismo año que llegó al país, y en plena disputa interna del Partido Colorado se presentó ante la prensa para leer las designaciones de “significativa­mente corruptos” contra Horacio Cartes y el entonces vicepresidente Hugo Velázquez. Esas designaciones reconfiguraron la carrera electoral y fueron celebra­das por el gobierno de turno, además de provocar un enorme perjuicio a un holding empresarial, que tuvo que desprenderse de talento humano por miles. Desde entonces, sus apariciones en medios afines y sus jui­cios sobre dirigentes, fiscales y candidatos se volvie­ron rutina. Se comportaba menos como diplomático que como virrey: decidía quién era corrupto, quién era confiable y qué rumbo debía tomar la República.

Pero la historia enseña que siempre hay que apuntar con el dedo a aquellos serviles que se confabularon para utilizar todo lo que esté al alcance para crear la mayor maquinaria de persecución estatal desde la caída de la dictadura de Alfredo Stroessner. Precisamente, alguien surgido de los riñones del estronismo comple­taría el maridaje perfecto para el garrote político. El documento confidencial que remitió al Departamento de Estado en noviembre de 2024, filtrado y publicado por la prensa argentina, expuso lo que muchos denun­ciaban. Allí Ostfield se refería al expresidente Mario Abdo Benítez como “nuestro aliado” y salía en su defensa ante los cuestionamientos por los negocios de sus empresas con el asfalto durante la pandemia. Mien­tras tanto, contra los adversarios de Abdo, el mismo informe acumulaba acusaciones sin respaldo judicial.

La alianza quedó al descubierto: un embajador extran­jero que protegía a su socio político local y un presi­dente que se apoyaba en ese embajador para dirimir a su favor la interna de su propio partido. El gobierno de Peña actuó en consecuencia pidiendo su salida, y Ost­field se alejó de su embajada meses después.

Correspondía esa salida un epílogo a una etapa vergon­zosa para la diplomacia entre EE. UU. y Paraguay que tienen una relación histórica que merece mejor trato. No lo fue, porque el exembajador volvió una y otra vez a la carga. Desde su llegada al país y con la connivencia señalada arriba con el gobierno anterior, la consigna del diplomático era clara: desalojar al Partido Colorado del poder por todos los medios, incluido el apoyo de una potencia extranjera.

Ostfield no felicita a una persona; celebra la vigencia de una agenda. Su mensaje sobre Asunción es la con­fesión, de modo inoportuno como siempre, de que su interés en la política paraguaya nunca fue neutral y que fue perversa y aviesamente un propósito. Afor­tunadamente, el pueblo paraguayo advirtió de este propósito y de esta felonía a la que se prestaron algu­nos legionarios y votó abrumadoramente por la fór­mula colorada que impulsaba Cartes.

El agravante es que Ostfield hoy habla sin ninguna investidura y aun así usa el título de exembajador para dar peso a sus palabras. Lucra con la autoridad de un cargo que ya no tiene para seguir opinando sobre un país que no es el suyo. Si en Estados Unidos un diplo­mático extranjero, en funciones o retirado, pretendiera explicar a los votantes de una ciudad lo que quisieron decir en las urnas, la reacción sería inmediata y nadie la confundiría con cortesía.

El ejercicio de la democracia en Paraguay se ha fortale­cido desde la caída de Stroessner y la voz que emerge de las urnas en todo el país, incluyendo a Asunción, no necesita de un intérprete en el extranjero, y menos de alguien que deshonró su rol mientras estuvo en Paraguay.

La democracia paraguaya no requiere certificados de adultez, con sus tropiezos y sus errores, ha ido madurando con el correr de los años y lo que menos precisa es la validación de funcionarios que, cuando tuvieron poder, eligieron bando. La soberanía no se defiende solo frente a los gobiernos extranjeros: tam­bién frente a quienes, sin cargo, insisten en compor­tarse como si el país les perteneciera.

Ostfield tuvo su tiempo en Paraguay y lo desperdició haciendo política bajo una bandera ajena en complici­dad con Abdo Benítez y sus secuaces. Hoy, lo mínimo que se le puede exigir es que se retire de la escena sin ruido. Porque quien hizo de la injerencia su tribuna no puede pretender hoy que su voz siga marcando el ritmo.

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