Desde la asunción del gobierno del presidente Santiago Peña, se inició un proceso cuyo conte­nido se encuentra en lo que bien puede denominarse como el rol estratégico de la diplomacia económica de reinserción internacional, en atención a la necesidad de ser considerado nuestro territorio como un lugar confiable para las inversiones.

Este concepto expresa aquel concepto estratégico por el cual se otea el horizonte con una mirada a largo plazo con objetivos precisos que no se circunscriben a la mera expresión, sino en la firme voluntad fun­dada en ideas correctas para su puesta en práctica.

Estamos, en consecuencia, ante un posi­cionamiento país propio de los que desean ingresar a las ligas mayores y competir sin esa mirada y praxis mendicante que solo trae posicionamientos incorrectos en el plano internacional, todo lo cual desfavo­rece las oportunidades que podrían contar especialmente nuestros jóvenes.

Es por ello que cuando hablamos de estra­tegia nos referimos al rumbo en toda su expresión cuyo correlato debe ser a largo plazo y en este caso específico, a lo que como país debemos transitar ejecutando pasos específicos que la táctica dictará. Es un error contar con una táctica sin una pre­via estrategia; es de un gran acierto tener la estrategia para ir a la acción táctica.

Puesta a disposición la estrategia correcta, la táctica resulta mucho más fácil de lle­varla a cabo. El resultado será el éxito, siempre y cuando se mantengan firmes las variables acordadas dado que si se cambian los objetivos entonces también cambia las tácticas con efectos de incertidumbre. En el caso concreto de Paraguay y en especial nos referimos a la actual administración guber­nativa, el eje estratégico es correcto puesto tiene como propósito consolidar al Para­guay como un polo de inversiones.

Para el logro de este polo de inversiones que implica contar con una zona geográfica –en nuestro caso sería todo nuestro territorio en atención a sus condiciones territoriales y naturales– la misma debe contar impe­rativamente con la capacidad de incenti­var el capital, las industrias y los negocios, ofreciendo internamente una infraestruc­tura en rutas, puentes, puertos, aeropuer­tos y demás conexiones viales acorde a los requerimientos modernos para así elevar la inversión per capita y generar empleos y el aumento de los salarios reales en el sector privado, columna del desarrollo.

Para este preciso efecto, nuestro país requiere de lo que se llama una diplomacia económica cuyo rol es estratégico, cues­tión que se está dando en sus primeros pasos y que consideramos debe ser insistida sin pérdidas de tiempo valioso. Los inte­reses de nuestra nación deben prevalecer sobre los obstáculos internos provenien­tes especialmente de una política como la observada en la oposición por cuyos inte­reses mezquinos no pueden ni tan siquiera proponer propuesta alguna, sino más bien colocar palos a la rueda a las iniciativas pro­venientes del Poder Ejecutivo.

Este rol estratégico que de la diplomacia proviene, igualmente, sitúa a Paraguay no solo en el mapa regional del Mercosur lo que de suyo está muy bien. Más importante aún, aquel mencionado rol estratégico coloca a nuestro país con una agenda geopo­líticamente global. Es empezar a jugar en las grandes ligas. Es mirar con declarado sentido aspiracional hacia adelante y no en el ombligo de la superficialidad y de la escasa preparación como algunos preten­den se siga.

De ahí que resulta un insulto al sentido común y a la sensatez que todavía se des­crea de lo que significa haber obtenido el país dos grados de inversión por parte de las agencias Moody’s y Standard & Poor’s (S&P) y con la tercera agencia, la Fitch Ratings, esta ultima que califica a Paraguay con apenas un escalón por debajo del grado de inversión pero con perspectiva positiva. Esto es altamente positivo dado el salto cuantitativo y cualitativo que implica en cualquier país del mundo.

Con esas calificaciones, que desde luego hay que cuidarlas para su mantenimiento, se yergue el concepto y rol estratégico de la diplomacia económica. Las mismas posi­bilitan tocar las puertas de nuevos mer­cados e inversiones globales. Sin duda, debemos insistir, como bien lo hace el presi­dente Peña, en la incesante búsqueda de la diversificación de los destinos de nuestros productos de exportación, promoviendo el desarrollo del comercio, la producción y la industria.

Paraguay no es ni será un convidado de pie­dra viendo caer las migajas del poder en un mundo global altamente competitivo. Nues­tro país es, como bien dice el presidente Peña, un país de gigantes. Y el rol estratégico de la diplomacia económica mencionado en este editorial tiene ese objetivo.

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