No se recuerda una persecución política tan miserable ni una campaña periodística corpo­rativa tan inmunda como las que tuvieron al expresidente de la Repú­blica Horacio Cartes como víctima pro­piciatoria para saciar sus odios y renco­res. Ni iban a parar hasta ver sangre sobre la piedra sacrificial, incapaces de supe­rar sus frustraciones y conflictos interio­res por sus sucesivas derrotas en todos los ámbitos en que se enfrentaron a quien actualmente lidera la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana, el partido con mayor peso electoral en nuestro país. Y no solo por su caudal de afiliados, sino, y principalmente, por su vocación de permanecer en el poder desde hace varias décadas, salvo aquel inter­ludio de cinco años en que fue desalo­jado del gobierno por sus propios errores: la arrogancia de algunos y la traición de otros, que instaron a votar en contra de la candidata del coloradismo. Que, dicho sea de paso, es lo más cerca que estuvo una mujer de llegar hasta el Palacio de López.

Al inicio dijimos ex profeso que no se recuerda un operativo de este tamaño de parte de conglomerados mediáticos, aun­que ya hubo en el pasado un periodismo también sucio y repudiable, que despre­ciaba la verdad con tal de imponer sus vitu­perables posiciones sobre el asesinato del doctor Luis María Argaña, quien osten­taba la representación de la Vicepresiden­cia de la República. En ese caso particu­lar, el trabajo de esparcir los excrementos mediáticos estuvo a cargo exclusivamente del grupo Abc Color que, en esa época, tenía a Aldo Zuccolillo como director. El objetivo de mancillar la memoria de Argaña era desligar a Lino César Oviedo, también ya fallecido, como uno de los res­ponsables morales del magnicidio. En aquel año, 1999, los otros medios se encar­garon de mostrar el lado correcto de la rea­lidad, ante la contundencia de los datos que los operadores de la calle Yegros se empeci­naban en ocultar o manipular.

Un cuarto de siglo después, ya consti­tuida en una corporación mediática (con otras más empresas dedicadas a rubros varios), el Grupo Zuccolillo encontró el apoyo sumiso de otro conglomerado de medios: el de Antonio J. Vierci, identifi­cado con el diario Última Hora y Tele­futuro. En esa conspiración de la que se hicieron eco con enorme e inmoral des­pliegue, las amañadas informaciones fue­ron proporcionadas por el gobierno de un innombrable –Mario Abdo Benítez– que encontró coraje en el apoyo del entonces embajador de Estados Unidos, quien se creyó un virrey con la misión de gestio­nar y concretar la agenda de la alternan­cia en el país, menospreciando la dignidad y el derecho de la autodeterminación de un pueblo que no sucumbió a una guerra de exterminio, en la que tuvo que luchar en contra de tres naciones y un ejército poderoso. En ese tren, primero consiguie­ron sanciones políticas y, luego, econó­micas en contra del expresidente. La pri­mera de ellas vino antes de las elecciones internas del Partido Colorado, buscando desesperadamente evitar que el propio Cartes gane la titularidad de la Junta de Gobierno de la ANR y que Santiago Peña se imponga a Arnoldo Wiens, el candi­dato de Abdo Benítez. Ganó Cartes y ganó Peña. Entonces, la segunda parte de este engranaje maldito se puso a rodar: ata­caron al corazón de las empresas conoci­das como el Grupo Cartes. Pero aun así no pudieron impedir que Peña se sentara en el sillón de López.

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Ahora, todas las sanciones en contra de Horacio Cartes fueron levantadas por el actual gobierno de los Estados Unidos de América. El pasado, no obstante, no debe ser olvidado: un embajador impre­sentable, un gobierno corrupto (el peor de toda la era democrática) y dos cor­poraciones mediáticas no tuvieron el mínimo respeto a las reglas más básicas y sagradas del periodismo y se encarga­ron de buscar responsabilidades hasta donde no existían siquiera indicios de participación alguna del exmandata­rio. Ciertamente, somos conscientes de que los tiempos de regocijo y triunfo de la verdad que proporciona la Justicia no deberían enturbiarse con pensamien­tos de revanchismo. Porque, en realidad, ese no es nuestro propósito. Pero tam­poco podemos dejar de recordar –entre varios otros– aquellos memes de burla de la entonces senadora Desirée Masi, del Partido Democrático Progresista (PDP), cómplice institucional de los desmanes del desgobierno de la era Marito. Afor­tunadamente, ocurrió al final la derrota inapelable de la mala fe de algunos polí­ticos y la improbidad de los sicarios del periodismo. Cartes tenía razón cuando en aquellos tiempos de persecución inmisericorde blasonaba como escudo ejemplar su infalible frase de acero: “No nos vencerá el mal”. Y así fue.

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