“Este ha sido el modo como ella por si misma, y a esfuerzos de su propia resolución, se ha consti­tuido en libertad y en el pleno goce de sus derechos; pero se engañaría cualquiera que llegase a imaginar que su intención había sido entregarse al arbitrio ajeno y hacer dependiente su suerte de otra voluntad. En tal caso nada más habría adelantado ni reportado otro fruto de su sacrificio que el cambiar unas cadenas por otras y mudar de amo”. (Extracto de la memorable e his­tórica Nota del 20 de julio de 1811).

En el 215.° aniversario de la independencia patria del 14 y 15 de mayo de 1811, nuestros próceres no solo tuvieron como motivación la autonomía política y jurídica expresada en la Nota del 20 de julio de 1811, el pri­mer documento de carácter nacional. Los patriotas esbozaron sus propósitos para hacer asequible una transformación que no terminó con el derrocamiento del goberna­dor español Bernardo de Velasco.

La convicción de nuestros próceres en la libre determinación de los pueblos fue poderosa. Ni la corona española más allá del Océano, ni Buenos Aires habrían de dirigir los destinos de la nueva República. En tal sentido, la Nota del 20 de julio de 1811 hace notar la influencia de ideas no solo independentistas, sino también de libertad bajo el designio republicano, un legado de nuestros próceres constituido como faro rutilante.

En este documento, la Junta Superior Gubernativa del Paraguay manifestó a la Junta de Buenos Aires su absoluta decisión irrevocable de autodeterminarse, estable­ciéndose de ese modo el certificado de naci­miento de nuestro país como nación libre y soberana.

De estilo clásico, culto y elegante, la Nota lleva la impronta de la cualificación avan­zada de nuestros próceres. Se distinguían Fernando de la Mora y Gaspar Rodríguez de Francia, junto con el liderazgo natural del capitán Fulgencio Yegros, acompañados de Pedro Juan Caballero, Mariano Antonio Molas, Vicente Ignacio Iturbe y Francisco Bogarín.

La Nota del 20 de julio de 1811 expresa una idea convertida en un legado para los para­guayos. Es el supremo convencimiento de la nación organizada políticamente para gobernarse a sí misma cuyo cimiento se encuentra en la libertad y la soberanía. Estos dos atributos son innegociables, sea en la paz o en la misma guerra, como se demostró llegado el momento durante la Guerra Grande contra la Triple Alianza (1864-1870) y luego en la defensa victoriosa del Chaco Boreal (1932-1935).

Desde el mismo amanecer del Paraguay, nuestros próceres no desearon única­mente cambiar de cadenas y mudar de amo. Anhelaban forjar una nación fuerte y unida expresada en la voluntad de sus habitantes, motivos por los cuales impe­rativamente su devenir debía movilizarse bajo los auspicios de la libertad y la sobe­ranía, tal como se lee y entiende en el refe­rido documento.

No sería de beneficios para la sociedad, la libertad sin autodeterminación, así como la soberanía sin libertad, puesto que el hombre libre y ciudadano tiene derecho a elegir.

La libertad se expresa en la decisión de hacer o no hacer según la voluntad de cada quien sin dañar a otros y la sobera­nía en el poder autónomo e independiente de auto gobernarse. No existe autoridad superior que pueda decirnos qué hacer en nuestro territorio patrio. Como nación organizada en Estado independiente tenemos los paraguayos la potestad moral y material el de decidir acerca de nues­tro presente y futuro, sin más limitacio­nes que el respeto a la voluntad del pueblo expresada en la Constitución como con­trato político.

Concluimos este editorial en homenaje a la patria, diciendo:

Para el Paraguay no ha sido apacible su transitar desde aquel 14 y 15 de mayo de 1811. Esta bendecida tierra fue regada con sangre como también por semillas de por­venir. Diversos sucesos internos como externos testimonian su paso por la adver­sidad, muchos han sido dolorosos pero superados por el coraje del soldado des­conocido, la valentía de sus mujeres y una constante búsqueda de superación.

El legado independentista de libertad y soberanía de nuestros próceres es de hon­rarlo sin escatimar esfuerzos, en el lugar que nos ocupe como ciudadanos de esta gran nación.

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