El periodismo no es una carta blanca para difamar, injuriar y calumniar con impunidad.
Se nutre de la verdad, que es su mayor fortaleza para construir credibilidad, y le repugnan la mentira, las informaciones aviesas e intencionalmente manipuladas para coronar sus miserables objetivos que distan abismalmente de su función social y del papel de educador de la sociedad para generar conciencia y contribuir al fortalecimiento de una opinión pública con sólidos criterios de racionalidad y buen juicio.
Pero, en el caso de algunas corporaciones mediáticas locales –dos, en realidad–, ambicionan en sus perversas campañas de distorsión que su propia y sola opinión sea la del público, adulterando datos, bastardeando escenarios y pintando la realidad del color de sus intereses.
Algunos trabajadores de la prensa –o comunicadores, como les gusta llamarse– aprovechan la prostitución de esta noble profesión de parte de empresarios inescrupulosos que convirtieron la noticia en un negocio, el de ellos, por supuesto.
Y la aprovechan para incursionar en un lenguaje soez, con la soberbia de los mediocres y la petulancia de los analfabetos funcionales que erróneamente se autoperciben con un inexistente cociente intelectual superior, cuando, en realidad, no son sino inescrupulosas marionetas, con una vida útil limitada, sin capacidad profesional para trascender más allá de los estrechos círculos en los cuales se pavonean con el plumaje de los cisnes imperiales.
Estos nefastos personajes están encerrados en la carcasa de sus micrófonos, pantallas o teclas, en una burbuja alimentada por sus propios egos y el aplauso genuflexo de quienes mendigan un espacio para promocionarse, especialmente políticos con idénticas chaturas intelectuales, y en una doble funcionalidad: unos siguen la agenda mediática y leen el librero que le proporcionan y los otros les presentan como si fueran los profetas de la verdad irrefutable.
Y, de esta manera, se multiplican las estupideces, de las que nos advertía el gran Umberto Eco, que conspiran contra la inteligencia, la lógica más elemental y el sentido común. ¿Quiénes les siguen? Aquellos que ya estaban convencidos de esas noticias falseadas y de las directamente falsas, pero que necesitaban un cómplice para alivianar sus conciencias.
La primera víctima de esta impúdica tergiversación es la verdad. La verdad es sistemáticamente sacrificada en el altar de los impostores y adoradores de su único dios: el vil metal alimentado por la codicia y la inmoralidad.
El axioma ético del periodismo es la libertad de expresión, que se traduce en el derecho irrenunciable del pueblo a estar bien informado. Sin embargo, estamos asistiendo a la grotesca degradación de esta libertad, para ser sustituida por el embuste de la desinformación, aunque pretendan, vanamente, por cierto, presentarse como los adalides de un derecho que están profanando cotidianamente, para asumir la defensa de sus otras empresas, algunas de ellas ligadas al lavado del dinero, según denuncia seria y formal del Ministerio Público. Otros se volvieron inmensamente millonarios mediante la triangulación de mercaderías y el contrabando, según denuncias documentadas de periodistas que hoy pasaron a formar parte del mismo grupo, sufriendo, repentinamente, una oportuna y conveniente amnesia.
En sus retorcidas mentes –de patrones y empleados– los ruines ataques no tienen límites para mancillar honras ajenas, denigrar a familias enteras y conducir al linchamiento mediático a todos aquellos que consideran que son un obstáculo para sus abominables propósitos empresariales y políticos.
Desde la perspectiva de estas corporaciones mediáticas, la Justicia debe estar al servicio de sus negocios y en contra de sus enemigos, aunque estos sean inocentes.
Así funciona la maquinaria de estos conglomerados que se dedicaba en el pasado a perpetrar iniquidades con la colaboración de fiscales y magistrados temerosos de sus campañas sucias. Y por muchos años les fue bastante bien. Pero no hay mal que dure eternamente.
Así que, cuando algunos miembros del Ministerio Público y del Poder Judicial se pusieron los pantalones largos, empezaron a llenar las tapas de sus diarios con un supuesto amedrentamiento a la prensa para censurar la libertad de expresión. Un medio de comunicación no es un banco. Ni un supermercado que no se preocupa en averiguar el origen de sus mercaderías.
Debemos marcar con claridad los territorios y definir responsabilidades sin que se contamine de confusiones y tergiversaciones al público. Y desnudar a los corruptos chicaneros que hoy se presentan como inmaculados protectores del derecho y la Justicia. Como ocurría en el pasado, de este río revuelto siempre han pescado ganancias. Solo que ahora, con un anzuelo envenenado y una carnada putrefacta pretenden pescar la impunidad.