Por diversas razones, el acoso y la violencia en los establecimientos educativos siguen sorprendiendo a la población con diversos casos que en la medida que trascienden, alarman sobre la situación de la población infan­to-juvenil. Esta realidad exige hoy nuevas estrategias, protocolos capaz más rigurosos que puedan frenar este agobiante flagelo.

Las autoridades, los responsables de insti­tuciones pertinentes como la comunidad en general deben ser conscientes de que la violencia desatada en las escuelas y que continuamente son noticia por los diferen­tes medios de comunicación constituye un problema que requiere de un tratamiento cuidadoso, impostergable por el grado de delicadeza.

Un sector muy vulnerable de la sociedad como son los niños y jóvenes viven hoy en un contexto en el que todo es acele­rado, la innovación tecnológica cambia de manera rápida y los paradigmas de relacio­namiento suelen resultar más que confu­sos. Padres físicamente más ausentes de sus hogares y una presión social de cier­tos estándares de vida que a veces no con­cuerda con las realidades, frustran y con­frontan en cualquier circunstancia.

Es urgente encontrar el camino para recuperar los valores como sociedad entre los que la disciplina no puede que­darse atrás en la formación d ellos niños y adolescentes.

Los eventos que vienen apareciendo en los últimos años y que muy frecuentemente son sometidos en una comparación con la educación de antes, todavía no abre posi­bilidades reales en una lucha más eficiente contra el acoso escolar llamado (bullying), la discriminación, la violencia física y tan­tas otras modalidades de maltrato.

Todavía sigue siendo una discusión que no dirige a ningún lado si el modo en que antes se educaba a los niños y jóvenes era mejor que los sugeridos en la actualidad en las diferentes familias e instituciones educativas. Mientras esta dicotomía en las posiciones sigue latente, vemos cómo los números de casos de acoso y violencia no dan tregua a la tranquilidad de la sociedad.

El reciente evento de violencia en una escuela de la ciudad de Ñemby, en el que se ve a un adolescente que posee una disca­pacidad y sufre epilepsia ser brutalmente golpeado en plena sala de clase, de vuelta revivió la impotencia de la ciudadanía de seguir tolerando estas situaciones que, hasta ahora no tienen fin.

Como lo sucedido con el joven estudiante de Ñemby existen otros niños y adolescen­tes convertidos en víctimas de una manera normalizada en la que el entorno se ha des­entendido totalmente de la solidaridad y la empatía. Esto en un contexto mayorita­riamente de frialdad ciudadana y un plan­tel docente desprovisto de atribuciones al punto de verse superados por el miedo para la intervención en estos casos com­plejos en los que la propia familia ejerce un rol muchas veces negacionista de lo que afecta a los hijos.

Este año, en nuestro país apareció una serie de amenazas de tiroteos en escuelas que se atribuyen a retos virales en redes sociales y que generan mucho pánico en la población. Los ejecutores de estas peli­grosas advertencias argumentan “bromas de mal gusto”; sin embargo, los especia­listas ya alertaron en varias ocasiones de que resulta más riesgosa aun la situación si estos casos son considerados simplemente como acciones jocosas.

La situación de violencia en las institucio­nes educativas volvió a movilizar a las altas autoridades del Gobierno que están en un proceso de replanteamiento de los proto­colos de seguridad. Necesariamente, tie­nen que encontrar alguna alternativa para amortiguar el problema de inseguridad e inconducta que afecta a niños y jóvenes.

Las formas de violencia lastimosamente se innovan cada vez más. La situación no puede seguir acreditando sencillamente a la inmadurez o a la efervescencia de una adolescencia que solo busca divertirse. En la realidad saltan episodios que pueden llevar a circunstancias muy drásticas e irreversibles y de eso no podemos ser res­ponsables como sociedad.

Urge atender los problemas juveniles de la manera más sincera posible para así hallar soluciones reales, tangibles que los guie en el proceso de sus respectivas como personas y futuros profesionales. El Estado debe invertir los recursos que fueren necesarios para salvaguardar a este sector sensible y fundamental en la estructura social.

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