Reapareció el expresidente Mario Abdo Benítez recientemente y, fingiendo demencia de aquel mote de “desastre ko Marito” que se ganó en épocas de su mandato, despotricó contra el actual gobierno con el calificativo de “inútil”.

No hace falta hurgar mucho para notar la enorme diferencia que le hace la administración del presidente Peña en las refor­mas, en los programas e inversiones sociales, pese a que recién va por su tercer año en el poder.

La inutilidad que Abdo intenta atribuir a su sucesor en un contexto complejo para quienes cooperaron con el capo narco Sebastián Marset, al que su gobierno blindó durante sus operacio­nes en Paraguay, no es otra cosa sino la deses­peración ante el arrastre que puede generar la caída del uruguayo, que desarrolló una logística criminal sin precedentes en el Paraguay en la anterior administración estatal.

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Pero este arrebato que tuvo Abdo tras la caída de Marset, denota la profunda miserabilidad al que nos tiene acostumbrados. No le importa sacudir ni perseguir a quienes trabajan. De hecho, esa es su especialidad. De una forma cínica ignoró los proyectos sociales en ejecu­ción y en proceso de implementación y que son llevados por el gobierno actual.

La gente no debe sufrir amnesia. A Abdo ni a sus acólitos nunca les importaron los caminos que ahora reivindican, menos la salud, la educación y la seguridad.

Recibieron ingentes recursos durante la pande­mia y las consecuencias sanitarias fueron aún más desastrosas.

El descaro de señalar de inútiles al Gobierno que a mitad de su período ejecutó proyectos de alto impacto en la calidad de vida de la gente con­trasta notablemente con su labor, cuando Abdo ni siquiera intentó un solo programa social visi­ble, lo que muestra su cinismo de siempre.

El mismo cinismo cuando le dijo a un humilde señor que le reclamó por medicamentos para salvar la vida de un familiar, al que Abdo le res­pondió “¡uy, qué miedo!”.

Abdo, contrario de ser un constructor, fue un destructor. Su egocentrismo, su rencor, su inca­pacidad, su deslealtad y su angurria acabaron con proyectos de enorme trascendencia para el país como el caso metrobús.

Pese a todos los análisis técnicos que reco­mendó a su gobierno seguir con la obra, acaba­ron con este proyecto que iba a ser de altísimo impacto en la calidad de vida de los usuarios.

No inauguró una sola obra emblemática pro­ducto de su gestión.

Capaz una de sus importantes destaques haya sido la aparición en la inauguración del puente de la Integración, aunque la gestión de este pro­yecto corresponde al gobierno del presidente Horacio Cartes.

Los inútiles que él señala implementaron un programa social sin precedentes por el éxito que mantiene, que es Hambre Cero. Gracias a este proyecto social, un millón de niños se ali­mentan saludablemente en sus escuelas todos los días.

Los inútiles que él menciona han dado un paso gigantesco en la calidad del servicio en salud pública. El gobierno actual ya marcó la dife­rencia histórica en el fortalecimiento real de la salud pública.

Esto a través de siete grandes hospitales de alta complejidad que ya son una realidad, con unida­des de terapia intensiva, modernos, dotados con alta tecnología y erigidos en regiones estraté­gicamente pensadas para el acceso más inme­diato en el marco de un objetivo clave como la descentralización.

Otra obra de envergadura es el futuro hospi­tal de Itauguá, de 52.000 metros cuadrados de construcción, 1.039 camas, 30 quirófanos, 70 consultorios y 174 unidades de terapia inten­siva, en un predio de 60 hectáreas pertene­ciente al Ministerio de Salud, donde actual­mente funciona el nosocomio.

Las inversiones en educación con la modernización de colegios emblemáticos, la dotación de mobiliarios dig­nos, de calidad y el ambicioso proyecto Letrina Cero en las Escuelas son trabajos del Gobierno que no existían en el período Abdo. Entonces, ¿de qué inutilidad habla?

El programa de Adultos Mayores es otra reali­dad en la mejora de la calidad de vida de nues­tros abuelitos y abuelitas, empoderados como nunca antes gracias a la gestión de una adminis­tración estatal que piensa y prioriza a los secto­res más vulnerables.

Si los miserables como Abdo Benítez sangran por la gestión de gobierno, es porque el actual presidente va por buen camino.

Después de tanta corrupción y después de haber administrado el país para llenar las cajas de sus distribuidoras de asfalto, personas como Mario Abdo Benítez no tienen la altura moral ni para cuestionar a sus hijos.

Es un nefasto perso­naje, sediento de poder para seguir huyendo de las cuentas pendientes ante la Justicia y de lo que puede venir del exterior tras la caída de la estructura Marset que su gobierno protegió.

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