El poder no cambia a las personas, solo las presentan como siempre fueron. Esta conocida frase –que forma parte del acervo popular– fue constantemente repetida por el expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica, lo que le concedió cierta paternidad sobre dicha expresión. Aunque el que mejor perfeccionó esta sentencia fue el actor Anthony Hopkins, añadiendo que “solo les quita la necesidad de fingir”.

Y agregó un final contundente: “No es el poder el que corrompe, es el verdadero rostro de cada uno el que emerge cuando ya no hay miedo a las consecuencias”. En esta última parte puede apreciarse con exactitud lo que ha venido ocurriendo con algunos expresidentes de la República en nuestro país.

Pensaron que el cargo era para siempre y asumieron poses de omnipotencia, al punto de burlarse de la sociedad con gestos de arrogancia; abusaron de su ambición al perpetrar los más alevosos actos de corrupción, y en su inseguridad, producto de la escasa formación académica y ética, persiguieron a sus enemigos políticos hasta el extremo de la destrucción, para intentar allanar el camino en su búsqueda de perpetuar sus proyectos electorales. En síntesis, jugaron con la suciedad a su favor, despojándose de cualquier indicio de virtud, honestidad y moral.

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Por eso, cuando son derrotados por la voluntad soberana del pueblo, quedan supurando rencor, odio y resentimiento. Imposible de superar sus frustraciones, se pasan, como último recurso, a desparramar bilis, revelando el espíritu autoritario que les domina y el pensamiento cerrado en sus propios egoísmos, que no admite la mínima posibilidad de discrepancia.

El rostro desencajado que acompaña a sus denostaciones y exabruptos ordinarios es la evidencia más clara de un alma torturada por experiencias que nunca lograron sanar. Este cuadro se ajusta perfectamente a una de las últimas conferencias de prensa del exmandatario Mario Abdo Benítez, en Ciudad del Este.

“Cuando fui candidato a presidente de la República, pasamos las internas y en todas las encuestas nos daban gran diferencia con nuestro adversario ocasional (…). Yo estaba casi 30 puntos arriba y cuando se dio el abrazo republicano casi perdimos las elecciones, ganamos por tres puntos”, afirmó con la petulancia que es su sello de distinción.

El mensaje fue claro: evitar el abrazo de sus candidatos con los adversarios, cualquiera sea el resultado en las internas municipales. Una muestra de su intolerancia y nula vocación democrática. Debemos, no obstante, reconocer que esta posición no es nueva. Ya lo dijo apenas ganadas las elecciones generales en abril de 2018.

Ya había acusado al entonces jefe de Estado, Horacio Cartes, como el responsable de que la diferencia fuera menor de lo que anunciaban las encuestas. En aquella oportunidad sumó a su acostumbrada soberbia la ingratitud, porque fue Cartes el articulador de la unidad del Partido Colorado, que fue el soporte para la victoria electoral de Marito.

Pero lo de ahora, en CDE, ya raya el delirio que proviene de una incurable maldad y un resentimiento que no alcanza límites visibles. Se olvida que el actual presidente de la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana le sepultó con una diferencia de 150.000 votos en las internas partidarias del 18 de diciembre de 2022.

Tratando de encontrar algún razonamiento lógico, del cual, al parecer, carece Marito, debería explicar cómo es posible que el hombre que supuestamente le restó votos en 2018, cinco años después le destroza en las urnas. Y más aún, cómo fue posible que Santiago Peña ganara las elecciones generales a pesar de la desvergonzada campaña en contra de Abdo Benítez.

El origen de su desorden emocional sí es fácil de entender. Nació bajo el imperio de una dictadura siendo su padre, Mario Abdo Benítez, uno de los riñones del tirano Alfredo Stroessner, quien gobernó durante 35 años con terror y crueldad.

El joven Marito, en ese tiempo, era el amo y señor en su generación. Se le cumplían todos sus caprichos con dinero que fue acumulándose ilegalmente sobre el sufrimiento de nuestro pueblo. A su corta edad se sentía todopoderoso con un progenitor que era copropietario del país, donde gobernaba un amo que le dispensaba simpatía desde su época de humilde dactilógrafo.

Una vez que se desmoronó su dorado castillo el 2 y 3 de febrero de 1989 intentó pasar desapercibido, hasta que llega a la Presidencia de la República, desde donde demostró la infalibilidad de la frase: “El poder no cambia a las personas. Solo revela quiénes son realmente”.

En el caso de Marito, reflotaron sus antiguos vestigios de joven prepotente, hoy devenido en un político amargado por sus frustraciones electorales. Pero el pueblo, especialmente el colorado, ya lo conoce. No se dejará engañar dos veces. Mucho menos por los hombres de mala fe.