Los relatos políticos apuntan a construir un discurso que genere identidad desde un encuadre par­ticular de la realidad. Desde la emoción, más que desde la razón –una de las grandes batallas que enfrentamos en esta era–, articulan un sentido de pertenen­cia a una causa que movilizará a sus adhe­rentes para superar una crisis, por ejemplo. Desde esa perspectiva, los creadores del problema son los otros. Así, el “nosotros” y el “ellos” constituyen un antagonismo irre­conciliable, antagonismo que es el motor que apuesta a poner en marcha la eficien­cia de la novela. Para que una narrativa sea más fácilmente comprensible, se recurre a la fabricación de historias donde desapare­cen las líneas del tiempo. Historias que son reales, pero distorsionadas en el momento de reescribirlas, dependiendo de a quiénes podrían beneficiar y a quiénes perjudicar dicho enfoque. En ese territorio confuso se evaden responsabilidades del pasado, sin que se haya realizado un acto de contrición, para presentarse en sociedad como los nue­vos redentores de la patria, cuando que, en realidad, fueron cómplices de los opresores. Por tanto, carecen de autoridad moral para adjudicar etiquetas a los demás en este pro­ceso democrático cada vez más afianzado en nuestro país.

La democracia, en definitivas, vino para quedarse. No así la honestidad para el manejo correcto de los hechos, convir­tiendo la libertad de expresión en un apén­dice de espurios intereses. Ante estas gra­ves contradicciones éticas, no podemos dejar de señalar lo notable que resulta que las dictaduras se suavizan en algunos medios de comunicación con ambiciones hegemónicas, cuando sus reivindicadores son sus aliados políticos. El rigor histórico se pierde en las nebulosas del premeditado olvido. Durante los cinco años que duró la administración del presidente de la Repú­blica Mario Abdo Benítez, ninguno de ellos se inmutó por las loas al sanguinario régi­men de Alfredo Stroessner por el manda­tario de entonces. Se limitaban a la trans­cripción literal de sus discursos en los actos oficiales o sus declaraciones periodísticas, sin realizar un cuestionamiento confronta­tivo a las afirmaciones del que fuera jefe de Estado entre 2018-2023.

Hay que subrayar que Abdo Benítez es hijo de quien –con ese mismo nombre– fuera secretario privado del dictador. Y que, apro­vechando ese cargo, de humilde dactiló­grafo se convirtió en uno de los hombres más ricos y poderosos del Paraguay. Toda la fortuna que hoy ostenta Marito, amasada sobre el sudor y la sangre de nuestro pue­blo, es producto de ese legado siniestro. En esas ocasiones de desmedidos elogios, estos medios no generaban ninguna compara­ción entre esta democracia que vivimos y la barbarie que padecimos.

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En el Paraguay, hay que pronunciarlo con todas las letras para desmontar el relato, ya no existen espacios para el autoritarismo. El Marzo Paraguayo (1999) es una gráfica elocuente de cuanto decimos. La posibi­lidad de un retorno a los oscuros días del pasado movilizó a una ciudadanía que repe­lió con cánticos y coraje a un nuevo autori­tarismo en ciernes.

La libertad pagó el alto precio de la sangre de los jóvenes y de un vicepresidente de la República, el doctor Luis María Argaña. En aquella época, uno de estos medios con aspiraciones de dueños de la verdad y de la voluntad popular (Abc Color) se jugó abiertamente a favor de quien ponía en riesgo nuevamente la vigencia de la democracia y amenazaba con “alinear como velas” a los directores de los diarios. ¡Cuánta incoherencia!

Es el mismo periódico que durante sus pri­meros diez años de aparición prefirió igno­rar en sus páginas los abusos de poder del estronismo, por lo que en sus registros no podrán encontrar los investigadores noti­cias sobre las sistemáticas violaciones de los derechos humanos.

Hoy, con sus aliados políticos esquizofrénicos, pretenden agitar el cuco de que el estronismo, o sea, la dic­tadura, quiere regresar de la mano de uno de los sectores de la Asociación Nacional Republicana, exonerando al estronismo más rancio, el marioabdismo, como una estra­tegia para generar miedo hacia los “otros”, cuando son precisamente “ellos” quienes, de acuerdo con las conveniencias, sostuvie­ron regímenes autoritarios con la compli­cad de su silencio.

Hasta que un día, casi al cabo de dos décadas del arribo del tirano al poder, hacia finales de los 70, medio y dicta­dor se distanciaron, concluyendo la relación con la clausura del primero (1984). Los per­gaminos democráticos no se heredan, sino que se renuevan en el día a día y, sobre todo, se demuestran con conducta ética y patrio­tismo insobornable. Y, por cierto, aún está fresca en la memoria colectiva cuando, en 1999, defendieron vergonzosamente un pro­yecto dictatorial, pero el pueblo no les per­mitió. La verdad sea dicha.

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