Tras semanas de incertidumbre y ante la sorpresa causada por la oposición de Francia e Italia hace apenas un mes atrás, final­mente la Unión Europea encarriló el pro­yecto que pudo significar un enorme revés diplomático para la Unión Europea y para el Mercosur, pese a los 26 años de conti­nua resistencia.

La noticia más esperada por los 27 paí­ses que integran la Unión Europea más los 4 del Mercosur finalmente llegó ayer 9 de enero, pocos días antes de que fene­ciera por completo la paciencia y la buena voluntad de las partes, especialmente de los líderes de esta parte de la negociación. Lo habían dejado muy en claro en Foz de Iguazú, en la última cumbre de jefes de Estado y de Gobierno que se realizó en esta ciudad fronteriza entre Brasil y Para­guay el 5 de diciembre. La paciencia se había agotado y hubo críticas y discursos muy fuertes debido a que no cerró como estaba previsto el acuerdo; es decir, en el último encuentro de mandatarios. Desde Lula da Silva, pasando por Javier Milei y Yamandú Orsi, además del mandatario paraguayo, la lluvia de diatribas contra los europeos se tradujo en expresiones como falta de “voluntad política” o de paciencia, así como de dar una última oportunidad, un gesto político de parte de los europeos, en enero. El propio presidente Santiago Peña propuso en la mesa de diálogo que ya es hora de que el Mercosur –luego de tanto tiempo de frustraciones y fracasos– final­mente decidiera ocuparse de expandir sus vínculos comerciales con otras regiones del mundo, como por ejemplo los Emi­ratos Árabes Unidos (EAU) o Singapur, que expandan de esa forma el horizonte comercial de los países del bloque suda­mericano.

Sin embargo, la noticia sacudió la media mañana paraguaya –y de la región– con las buenas nuevas provenientes desde el viejo continente, donde el Consejo Europeo, que es la institución comuni­taria que aglutina a los jefes de Estado y de Gobierno de los países de la UE, había aprobado el acuerdo con el Mercosur.

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El acuerdo alcanzado tiene ribetes histó­ricos ya que el pacto que sellan ambas par­tes incluye a unos 740 millones de ciuda­danos (sumados los 27 países de la UE más las cuatro naciones fundadoras del orga­nismo sudamericano). Con este enorme mercado de consumidores potenciales se posibilita un espacio de intercambio de exportaciones e importaciones.

Con esto se crea la mayor zona de libre comercio del mundo y las cifras son real­mente asombrosas. La decisión refren­dada abarca en conjunto un PIB de 22,4 billones de dólares.

El entendimiento incluye la elimina­ción de los aranceles en exportaciones de la UE, así como la caída de los arance­les europeos en los bienes del Mercosur. Estas reducciones se irán aplicando de forma gradual en un periodo de tiempo de hasta 15 años.

Desde luego que el análisis económico arroja aspectos positivos por las conce­siones realizadas, pero también hay que señalar el triunfo diplomático, pese a los años. El acuerdo entre europeos y suda­mericanos llega en una coyuntura inter­nacional sensible donde las medidas aran­celarias y proteccionistas han llevado a la desconfianza entre los distintos actores a nivel mundial y dejado de lado aquello que alguna vez soñó el capitalismo de finales de los 90: una globalización que permi­tiera el desarrollo de los pueblos.

En un contexto internacional de progre­sivo proteccionismo y medidas aplicadas desde el unilateralismo, el acuerdo entre la UE y Mercosur señala la creencia y el fuerte respaldo al comercio internacional como motor del crecimiento económico, beneficiando a millones de personas en ambos bloques.

Luego de 26 años de idas, vueltas y nego­ciaciones interminables, el acuerdo dejará de ser el próximo 17 de enero en Asun­ción una promesa para convertirse en una realidad política y estratégica. No se trata solo de comercio, sino de una señal clara de madurez regional y de voluntad de integrarse al mundo con reglas previ­sibles. El tiempo perdido enseña que ais­larse tiene costos y que postergar deci­siones también es una forma de decidir. El verdadero acuerdo comienza ahora, tal como lo señalara el canciller paraguayo, Rubén Ramírez Lezcano. No todos miran hacia adentro cuando el mundo se abre, europeos y sudamericanos miramos hacia el futuro, tendiendo puentes y alian­zas para forjar una prosperidad común y compartida.

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