Las cifras de accidentes de tránsito y las formas en que se dan estos sucesos nos desafían como Estado y ciu­dadanía a una mayor conciencia al mando del volante. Si bien el con­trol es fundamental, también lo es el compromiso y la responsabilidad al momento de tomar un vehículo.

Todavía, lastimosamente, los sinies­tros viales siguen liderando el ran­king de fallecidos en el Paraguay, según subraya periódicamente la de Agencia Nacional de Tránsito y Seguridad Vial (ANTSV). El prome­dio de muertes por día oscila entre 3 y 5 personas, un índice nada alenta­dor en el ámbito de la circulación.

Las estadísticas del movimiento vehicular aumentan sistemática­mente y detrás de esto la cantidad de accidentes, en muchos casos con derivación fatal, en gran porcen­taje producto de la imprudencia y el consumo de alcohol. Evidentemente seguimos aplazados como Estado y como ciudadanía en el tema de los siniestros ruteros.

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Desde la (ANTSV) habían mencio­nado hace unos meses que en el año 2024 se registraron alrededor de 1.400 fallecidos y 13.500 lesionados, cifras que en 2025 se mantienen en un nivel similar. Solo en el primer semestre de este año se produjeron entre 6.500 y 6.800 siniestros via­les, lo que refleja la persistencia de la problemática que, en estos tiempos de fin de año suelen tener su pico.

La falta de conciencia principal­mente a la que se suma el tímido con­trol desde las instituciones públicas en el cumplimiento de las normas de tránsito, vienen dando dema­siada tregua a los irresponsables del volante.

La situación más preocupante se centra en los motociclistas. Las reglas de tránsito no existen para la mayoría de estos, cruzar luz amarilla y hasta roja en manada es una prác­tica común, hasta una costumbre normalizada.

En la ciudad el ninguneo a las nor­mas ante una capacidad institucio­nal superada en su cobertura, en las rutas del interior el exceso de veloci­dad, el consumo del alcohol, meno­res sin conocimiento de reglas esen­ciales, las condiciones particulares de las rutas en cada ciudad han sido causas de grandes tragedias viales en nuestro país. Esto además de que un gran número de conductores no cuentan con los documentos bási­cos que los habiliten el mando de un vehículo.

No estamos encontrando solución al problema de siempre. Mientras tanto, los siniestros mutilan familias y el costo económico de cada accidente golpea fondos de los hospitales.

Tiene que haber alguna estrategia posible que combata con más fuerza la imprudencia en el tránsito.

La concienciación sigue siendo mate­ria pendiente, pareciera ser algo tan abstracto que pierde la importancia que tiene. La justicia lenta en su pro­ceder, la impunidad de los insensa­tos, verdaderos asesinos como el pro­tagonista de aquella desgracia que segó la vida de 4 personas con un tri­ple choque en San Ber-Luque, sin que se vea en el tiempo un castigo ejem­plar de la mano de la justicia.

La generación joven, por su caracte­rística propia en esta etapa de la vida no teme las consecuencias de sus actos siendo víctima de su temeridad y más contraproducente para cual­quier país cuya fortaleza está en sus jóvenes.

Es inminente el fortalecimiento de la conciencia colectiva para dimen­sionar todo el efecto de los percan­ces del tránsito. Esto, amén del tra­bajo que se pueda llevar adelante de manera eficiente en el ámbito de la justicia, que debe ser implacable con los responsables de los siniestros.

Las instituciones responsables deben aunar los esfuerzos posibles para disminuir las crueles cifras de accidentes en el tránsito. Es un fla­gelo común con un enorme impacto negativo que, pese a los años no logramos valorar en su magnitud.