No creemos en el concepto utili­tario de la política –es más, lo rechazamos por su contraposi­ción ética–, pero lo interpreta­mos como correcto en cuanto a su consi­deración pragmática, entendida como la necesaria acción para concretar una idea o un pensamiento determinado. En el primer caso, en su definición extendida y, sobre todo, realista, se especula con los intere­ses que pueda reportar esta actividad para beneficios particulares o sectoriales. Para muchos, en las últimas décadas, la política fue un trampolín para salir de la pobreza y acumular espurias fortunas. La tradi­ción se despojó de sus ropajes intelectua­les y morales y solo fue una muletilla para intentar desacreditar a los adversarios que ingresaban al ruedo partidario –aquí se incluyen todas las divisas distintivas– en una edad muy alejada de la franja etaria juvenil. Y, naturalmente, sintieron ame­nazados sus privilegios, por lo que decidie­ron cerrar filas con dirigentes igualmente averiados para intentar cortar el paso a los recién llegados. “Son los viejos armatos­tes de la política –decía hace más de cien años el doctor Juan León Mallorquín– que dificultan el progreso de la democracia (…) Resalta a la vista que estas turbas de aventureros y de vividores son los peores, los más funestos para el gobierno libre y la soberanía popular”.

La Asociación Nacional Republicana no está exenta de estos vicios y de las mez­quindades de quienes se consideran “colo­rados de raza”, un trillado argumento que únicamente aspira la perpetuidad de la vieja y perversa forma de hacer política y que, precisamente, terminó por arrojar a la llanura al partido fundado por el gene­ral Bernardino Caballero, cuando en 2008 es derrotado por el exobispo de San Pedro Fernando Lugo, con apoyo de toda la opo­sición. Y, paradójicamente, fue precisa­mente un recién llegado, Horacio Cartes, quien, en apenas cinco años, devolvió al coloradismo al Palacio de López, convir­tiéndose, además, en el primer presidente de la República que supera el millón de votos en unas elecciones generales, cuando que algunos de sus antecesores, del mismo partido, apenas superaron la barrera de los quinientos mil.

Cuando varios altos dirigentes partidarios, con espíritu derrotista, vaticinaban largos periodos de llanura para el coloradismo –ni hablemos de una oposición eufórica y optimista de permanecer por décadas en el poder– apareció la figura de Cartes, quien puso orden en medio de un caos generali­zado, a pesar de la fuerte campaña en con­tra de sus detractores. Solo hay que hojear los diarios de la época, a partir de 2010, para corroborar cuanto decimos. Aquellas cró­nicas reflejan la rápida recuperación de la ANR, en medio del escepticismo de unos cuantos anquilosados dirigentes que se autoproclamaban herederos de la tradi­ción republicana, con el resultado que todos ya sabemos. Así, en menos de tres años de campaña se rearmaron las fuerzas disper­sas del coloradismo para volver al Palacio de López el 15 de agosto de 2013.

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Es cierto que la Asociación Nacional Repu­blicana cuenta en sus filas con jóvenes bri­llantes de todas las profesiones. Pero, en puridad, esta es una verdad a medias. Por­que sobresalen en sus especialidades, pero poseen escasos conocimiento de la historia y la doctrina del partido al cual se afiliaron. De manera que no exhiben una deseable correspondencia entre su formación aca­démica y su conocimiento profundo, sobre todo, ideológico, del coloradismo. Obvia­mente, la ausencia de esta plataforma imprescindible conlleva una lamentable confusión para quienes no ven en la polí­tica, sino una oportunidad rentable para lograr una vida muelle en tiempo récord. Por otra parte, hay que reconocer que los liderazgos no son siempre proporcionales a las edades.

Pues hay personas mayores altamente competitivas y de conductas honorables, como así también tenemos jóvenes que, en su corta participación política, solo han demostrado que son aventajados discí­pulos de la obsecuencia y el servilismo. Y estamos hablando de figuras de todos los partidos.

Por eso venimos sosteniendo que el recam­bio que se precisa en la política en general es de carácter eminentemente ético y moral, y no solamente generacional, porque muchos jóvenes adquirieron rápidamente las des­honrosas prácticas viciosas que aprendie­ron de sus mayores, principalmente, en su obsesión por acumular bienes materia­les, antes que ejercitar el mandato impera­tivo de luchar por el bien común, para que el bienestar y la prosperidad sean caudales colectivos y no privilegios de unos pocos.

Así, muchos dirigentes de origen humilde se han transformado en la nueva burguesía de la clase política, y hasta con simulados gus­tos aristocráticos. Es por ello fundamental que los partidos vuelvan a sus orígenes para que la sociedad recupere la plena confianza en sus líderes políticos, sin importar las eda­des ni los años de afiliación, sino la conducta transparente y la eficiencia en la gestión.

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