La democracia es, entre otras cosas, la expresión directa, sin atajos ni intermediarios, de los diferen­tes puntos de vista y pretensiones electorales. Y sus conflictos se resuelven por los mecanismos institucionales crea­dos para juzgar y salvaguardar las supre­macías políticas coyunturales. Que no es sino la voluntad soberana de la ciudada­nía de decidir quién o quiénes van a repre­sentarlos en las diferentes jerarquías del poder público bien definidas por nues­tra Constitución Nacional: Presidencia y Vicepresidencia de la República, senadu­rías y diputaciones, gobernaciones y juntas departamentales e intendencias y juntas municipales. Aunque muchos conocen –o deberían, al menos– estas reglas básicas de nuestro sistema político, justificamos nuestra repetición entendiéndola como un necesario proceso de retroalimentación, porque algunos parecieran olvidarlas, cegados por la obsesión de imponer a sus candidatos o propuestas sin más argumen­tos que sus inclinaciones ideológicas.

En este inapelable fallo de autoritarismo, los proyectos que contradigan las ambi­ciones particulares o sectoriales pasan a convertirse automáticamente en “ene­migos” de la unidad y “funcionales” a los propósitos del Partido Colorado de man­tener su hegemonía dirigiendo los desti­nos de la República. Aquí queda demos­trado que los defectos, errores y actitudes de intransigencia que los opositores han venido denunciando en los últimos años, atribuyéndolos con exclusividad al partido gobernante, en realidad están enquista­dos, y en estado de gravedad, en sus pro­pias filas.

El experimento fallido de la cohabitación ideológica que consagró a Fernando Lugo a la Presidencia de la República, apoyado por la estructura de un partido orgánico, como lo es el Partido Liberal Radical Autén­tico (PLRA), representó un grave perjui­cio a la institucionalidad democrática. Las disputas verbales entre los ministros del Poder Ejecutivo superaban los lími­tes de las paredes del Palacio de Gobierno y de Mburuvicha Róga, para instalarse en los pasillos de los medios de comuni­cación para, posteriormente, alcanzar niveles de catastróficos títulos de tapa. No podían congeniar las visiones económicas de los liberales ortodoxos con los de una izquierda variopinta ante un irresoluto Fernando Lugo, quien cumplía con su pro­pia descripción: poncho juru, o sea, siem­pre en el medio, sin tomar determinacio­nes que puedan poner fin a los conflictos y disputas por el poder.

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Sin embargo, cuando Lugo se percató de que algunos de sus hombres fuertes esta­ban ya planeando un proyecto presiden­cialista sin su participación, decidió desti­tuirlos de sus cargos: a Rafael Filizzola, del Ministerio del Interior, y a Efraín Alegre, del Ministerio de Obras Públicas y Comu­nicaciones. Quien fuera secretario gene­ral y jefe del Gabinete Civil de la Presiden­cia de la República, Miguel Ángel López Perito, se tomaba atribuciones de interpe­lar al vicepresidente, Federico Franco. Así que, cuando se incoó el proceso de des­titución por la vía del juicio político, sus aliados de ayer –los liberales– votaron con rabia y excitación. De esta manera, el 22 de junio de 2012, los liberales retornan al poder, por casi catorce meses, después de 72 años, cuando jura Federico Franco como titular del Poder Ejecutivo.

Volvamos a la actualidad. Debemos admi­tir que nos equivocamos cuando afirmá­bamos con la certeza de los hechos previ­sibles que será difícil la unidad opositora de cara a las elecciones generales de 2028. Nos equivocamos, insistimos, porque ya empezaron las desavenencias apenas tres días después de que el movimiento Yo Creo, liderado por Miguel Prieto, ganara la intendencia de Ciudad del Este, impo­niendo –por la vía de las urnas– a su ele­gido, Daniel Pereira Mujica. Sus más faná­ticos apologistas que ambicionan llevarlo al Palacio de López hoy lo critican porque, desde Ciudad del Este, asumiendo ya poses de líder nacional, decidió apoyar la candi­datura de Johanna Ortega para la comuna de Asunción, una referente visible del sec­tor de la izquierda paraguaya.

Al parecer, pretenden que la actual dipu­tada por el Partido País Solidario (PPS) desista de sus aspiraciones a favor de Sole­dad Núñez, lanzada por el ala conserva­dora de la política nacional, como el Par­tido Liberal Radical Auténtico (PLRA), el Partido Patria Querida (PPQ) y el Par­tido Democrático Progresista (PDP), este último un aliado incondicional del gobierno más corrupto de la transición democrática, el de Mario Abdo Benítez.

Lo concreto es que, ni a nivel nacional ni a nivel regional o local, nadie piensa en el bienestar de la gente, sino que, como ha ocurrido a lo largo de los últimos 36 años, la idea central es la unidad con el único objetivo de derrotar al Partido Colorado, sin más programas ni estrategias que ese único fin. Y el electorado percibe clara­mente esa realidad. Asunción es la primera prueba que deberán sortear de cara al 2028, pero deben hacerlo por los caminos de la democracia y no desde la descalifica­ción autoritaria al adversario. De yapa, del mismo sector de la oposición.

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