El entonces presidente de la República Horacio Cartes manifestó una frase que a la fecha recorre el mundo cuando se debate sobre la estructura impositiva de un país, haciendo expresa alusión a que el Estado debe mostrarse amigable con la inversión.
El señor Cartes con acierto dijo “el 10, 10, 10” por el cual nuestro país se fundamenta en términos tributarios en tres pilares fundamentales del 10 por ciento en los impuestos al valor agregado (IVA); a la renta personal y empresarial.
Este sistema impositivo a la fecha se ha convertido en un modelo a seguir y hasta resulta envidiable para muchos gobiernos, al punto que en los países de la región con sus técnicos en la materia y políticos serios lo mencionan como un ejemplo a tomar en cuenta. Y las razones son sencillas en atención a que en ningún modo es conveniente contar con un modelo tributario engorroso, difícil de aplicar y sobre todo porque termina por convertirse en una pesada carga en concepto de un costo adicional sobre la economía.
La tendencia comprobadamente correcta consiste más bien en reducir esa carga impositiva sobre el contribuyente, sea persona física o jurídica, para de ese modo incentivar la competitividad en un mundo cada vez más complejo donde es preciso atraer inversiones y elevar la exportación de commodities así como nuevos productos con valor agregado.
A modo de ejemplificar lo expresado, hacemos la siguiente comparación en relación a dos impuestos con los que todos cuentan, el de la renta personal (IRP) y el impuesto al valor agregado (IVA). En Paraguay ambos tributos son del orden del 10 por ciento y en Argentina el IVA es del 21 por ciento y el IRP 35 por ciento. En Brasil, el IVA es del 28,5 por ciento luego de su aprobación en el mes de diciembre del año pasado y el IRP llega al 27,5 por ciento.
El IVA en Perú es del 18 por ciento y el IRP llega al 30 por ciento; en Uruguay el IVA es del 22 por ciento y el IRP del 36. Estos ejemplos son contundentes.
Dan cuenta sobre la importancia de señalar acerca de que todo impuesto repercute inexorablemente sobre la producción, el comercio, el transporte, la industria y los servicios. A ello tenemos que agregar la carga laboral expresada igualmente como un costo de carácter impositivo donde, por cierto, también en nuestro país contamos con esa ventaja comparativa.
Lo expuesto explica el motivo por el cual recientemente el vicepresidente electo de Bolivia manifestó que su gobierno “debe copiar el modelo tributario de Paraguay” ya que lo considera como un buen sistema fiscal de carácter previsible.
Todo buen profesional en la materia así como los empresarios en general quienes son los que crean riqueza y puestos laborales, saben fuera de toda duda que un sistema tributario sencillo y predecible se convierte en una herramienta de posibilidades para atraer al capital no solo nacional sino también del exterior. El aditamento está en que todo ello forma parte de un elemento importante que propicia el clima favorable de negocios a largo plazo para mejorar la competitividad impulsando la economía en su conjunto.
Los efectos son positivos cuando se cuenta con la mencionada estructura tributaria accesible con el capital. Los gobiernos responsables, por ello, tratan de hacer uso eficiente de los recursos dado que un aumento de los impuestos no será bien visto por la ciudadanía. Además, es un inhibidor que conduce a déficits incontrolables en las cuentas públicas.
Todo sistema tributario impacta sobre la creación del ahorro y la inversión privada, pero cuanto más baja la carga y sencillo el pago, mejor para todos.
Manteniendo, por tanto, la carga tributaria y expandiendo la formalidad así como haciendo uso transparente de los recursos públicos se incentiva la producción, la productividad y la creación de empleos.
Nuestro país está mostrando al mundo que resulta posible aumentar el PIB sin tener que aumentar los impuestos, habiéndose logrado incluso en este gobierno del presidente Peña lo que se llama el crecimiento sobre crecimiento, manteniendo “el 10, 10, 10” en su modelo tributario.