Con porfiada mala fe y una fuerte dosis de desesperación, las dos corporaciones mediáticas que fueron aliadas del exmandatario Mario Abdo Benítez y cómplices por omisión de los grandes y graves casos de latrocinio de aquel gobierno han pretendido presentar las elecciones municipales de Ciudad del Este como el factor determinante que decidirá la Presidencia de la República en 2028.

A este coro de delirios se sumaron historiadores, politólogos, analistas reputados de serios, columnistas de periódicos y opinantes orejeros de la más variada extracción, agregando que estamos en vísperas de la batalla de Waterloo o de Zama.

Para estos averiados intérpretes del viento, que ambicionan traducir y transmitir anticipadamente la voluntad popular, el destituido intendente de dicha comuna, por graves irregularidades detectadas por la Contraloría General de la República, Miguel Prieto, está a punto de investirse con el rango de Arthur Wellesley, más conocido como duque de Wellington, o Escipión el Africano, vencedor de Aníbal Barca.

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Estos comicios pueden resultar un toque de alerta para los dirigentes locales, pero de manera alguna marcará tendencia –ni para los colorados ni para la oposición– de cara a las generales que se realizarán dentro de aproximadamente dos años y medio.

No estamos abriendo paraguas, como dirían nuestros detractores de siempre –aquellos a quienes les repugna y desprecian la verdad–, lo que tratamos de hacer con toda buena intención es despertar la mente de los lectores.

Despertarlos para que no caigan en la trampa de quienes, en las últimas tres décadas, procuran –repetida e infructuosamente, debemos decirlo– imponer sus opiniones y candidatos sin detenerse a juzgar la inmoralidad de sus actos, esforzándose para que sus deseos se transformen en realidad.

Seamos más claros, se empeñan en que sus caprichos e intereses terminen por bastardear un proceso electoral. Bastardear, decimos, porque no respetan los criterios éticos del periodismo para informar, sino que contaminan las noticias intercalando alevosamente los hechos con sus sesgadas ideas de quién debería ganar cada comicios.

La intención es confundir al público y manipular la conciencia ciudadana, para orientar su decisión final en las urnas. Ese trabajo empieza mucho antes. Antes incluso de conocerse a los candidatos, pues apuntan directamente al bulto del partido político al que han elegido como el enemigo a derrotar.

Claro, una vez en el poder, también puede ser un aliado con quién negociar. El próximo 9 de noviembre es la fecha en que los esteños definirán quién será el intendente que concluirá el mandato de Miguel Prieto. Y nada más.

Cada elección es una batalla diferente. Esa lección básica es la que no quieren aprender –ni siquiera recordar– los medios de comunicación que no han reparado en nada, desde las infamias más miserables hasta las mentiras más repudiables, para derrotar al candidato de lo que ellos llaman el “cartismo”, es decir, el movimiento interno de la Asociación Nacional Republicana liderado por el exjefe de Estado y actual presidente de la Junta de Gobierno del Partido Colorado, Horacio Cartes.

No importa que todos los otros sectores mayoritarios hayan decidido acompañar al postulante de esta asociación política. La estrategia es imponer la figura de Prieto por cualquier eventualidad, que debe entenderse que en las internas de diciembre de 2027 vuelva a ganar el representante de Honor Colorado, como ya aconteció en 2022, cuando Santiago Peña le propinó una derrota fulminante al candidato de Fuerza Republicana, Arnoldo Wiens, a pesar de la indignante campaña que montaron en su contra, con tal de desprestigiarlo. El resultado habla por sí solo.

Ya lo dijimos en otras oportunidades, poniendo a Asunción como ejemplo: durante administraciones coloradas, triunfaron tanto opositores como oficialistas. En tiempos en que Fernando Lugo fue presidente de la República, un colorado ganó la intendencia de la capital. Pero estas señales, los enemigos de este gobierno no quieren interpretar. Ni siquiera se animan a leerlas. Simplemente porque no les conviene ni interesa.

La consigna es que el “cartismo” salga del poder a cualquier costo. Y, para ello, no les importa, incluso, si se violan hasta los más elementales principios y valores de la ética periodística y la moral política. Y, para colmo, se resisten a descifrar los códigos de sus sucesivas derrotas electorales, señal clara y evidente de que también perdieron, aceleradamente, cualquier vestigio de credibilidad pública. Una ecuación sencilla que hasta el más torpe puede advertir y comprender. Menos ellos, por supuesto.

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