Las personas físicas como jurídicas no se trasladan de un país a otro sin razones fundadas. La gente no es tonta como algunos creen. Se mudan porque hay estabilidad y orden en las variables macroeconómicas y por la certeza de que sus vidas no serán truncadas por medidas contrarias al ahorro y a la inversión.
No se debería desconsiderar lo antedicho porque para algunos no es suficiente acerca de lo que se hace en el país; son los especialistas en excusas y así desean contagiar el pesimismo.
Las personas y empresas vienen al Paraguay, sobre todo desde la asunción del gobierno del presidente Peña, porque investigan en los sitios internacionales ofrecidos al público desde la web donde encuentran análisis relevantes y serios acerca del riesgo país y del clima de negocios.
Paraguay, al respecto, cuenta con el mejor clima de negocios en América Latina, siendo la única economía con indicador favorable por encima de los 100 puntos. Esto se debe a la confianza expresada en su legislación y gobierno, lo que se traduce en estabilidad macroeconómica, previsibilidad y desempeño en los sectores agropecuarios, de servicios e inmobiliario.
Por supuesto, hay diversidad en las economías de los países y el nuestro no está mal, sino que está muy bien considerando el indicador de confianza de la importante y prestigiosa Fundación Getulio Vargas, que mide la percepción de los consumidores y las empresas así como las expectativas a futuro.
Las personas físicas y jurídicas toman nota de ello. Predicen los gastos de los consumidores y de la actividad empresarial. Sin ese dato, constatado internacionalmente, Paraguay no hubiera conseguido ese logro de contar con el mejor clima de negocios en Latinoamérica. La confianza, a su vez, implica un nivel de superación comparado con otras economías de la región, lo que incentiva la inversión y el crecimiento. No debería entonces sorprendernos que el crecimiento del presente año llegue al 5 por ciento del producto interno bruto (PIB).
Nuestro potencial de más crecimiento es una realidad y se está construyendo para más, tal como lo dijo el presidente Peña al augurar para los siguientes años un PIB del 9 por ciento sostenido si seguimos en la senda correcta. Agreguemos el grado de inversión obtenido hace un año mediante la certificación de la calificadora Moody’s y la reciente mejora por parte de Fitch Ratings.
Para complementar nuestra respuesta a la pregunta de este editorial, citamos que apenas tres meses atrás la Dirección Nacional de Migraciones hacía notar que se recibieron más quince mil (15.000) solicitudes de residencia por parte de ciudadanos extranjeros, entre temporales y permanentes, lo que implica que para fines del presente año bien se podría llegar a treinta mil y más.
Los informes dicen que los extranjeros residentes representan el 3 por ciento de la población de nuestro país, estimada en seis millones y medio. Paraguay se encuentra bajo la luz de inversionistas de todo el mundo. Esto es un logro y una gran responsabilidad. De no aprovecharse las condiciones construidas, estaremos perdiendo una oportunidad única que probablemente no la volveremos a tener.
En la economía global las naciones compiten entre sí. Atraen o repelen inversiones. Nada es fácil para nuestro país. Somos un país mediterráneo rodeado de países como Argentina y Brasil que cuentan con salidas directas al mar para su comercio internacional, lo que les permite contar con ventajas competitivas y comparativas con las que nosotros tenemos que lidiar. Y para ello internamente el país se está mostrando atractivo porque se ha vuelto confiable.
La estabilidad como base del crecimiento se debe al orden en las finanzas públicas de impacto positivo sobre la economía y no está aislada de la política. Una política estable sin populismos hace del país un jugador visible y competitivo en el escenario global que no actúa de suplente viendo caer las migajas.
Los extranjeros, en suma, vienen a nuestro país no solo por sus hermosos paisajes, habitantes laboriosos y cordiales, sino también porque es un lugar atractivo para la inversión a largo plazo con un horizonte de retorno del capital, cuestión que a la fecha se constituye en el principal objetivo de los gobiernos del mundo, muchos de ellos acosados por las políticas equivocadas del estatismo.

