Cuando se articula una campaña tendenciosa –subjetiva, arbitra­ria y de manifiesta parcialidad–, como su nombre bien lo indica, se fabrican argumentos, se presentan escena­rios inexistentes o forzados y se desecha cual­quier evidencia que pueda desmentir o poner en riesgo la estructura montada para tal pro­pósito. Un propósito desleal, deslegitimado por su propio origen espurio, donde imperan la absoluta mala fe y el enfermizo deseo de perjudicar al otro, sin considerar el daño que pueda ocasionar a los objetivos de esta inmo­ral manipulación de los hechos, que desnatu­raliza lo que realmente ocurrió, tratando de plantar pruebas (como los policías corruptos contra los que tanto vituperan), pintando un burdo paisaje que se desmorona por su incon­sistencia interior.

Porque se acostumbraron a contar fábulas desde sus medios de comunicación, acom­pañados de sus comparsas de políticos, que samban al ritmo de las matracas de perver­sos empresarios que manejan diarios, radios y televisión, pero sin una moraleja aleccio­nadora, pues sus relatos carecen del mínimo rigor de la veracidad. En todo caso, bien les vendría a ellos la sentencia de aquel estafado propietario de un burro –al que le vendieron como caballo–: “Quien no te conozca, que te compre”. O, quizás, habríamos de adjudicarle aquella otra, la de la gallina de los huevos de oro: “La codicia es mala consejera y hace tu fortuna pasajera”. Esto último también tiene para ellos –medios y políticos– justificación a sazón de la primera moraleja. Han perdido el tesoro más preciado que tiene el periodismo: la credibilidad. Es decir, el huevo de oro que les permite a los medios de comunicación acre­centar sus activos frente a la sociedad. Obnu­bilados por el odio visceral, la frustración y el rencor hacia quienes les propinaron duras derrotas electorales, no se detienen a analizar los recursos para intentar alcanzar sus metas. En este caso, destruir a sus enemigos para que los antiguos aliados y cómplices de corrup­ción, liderados por el exmandatario Mario Abdo Benítez, vuelvan al poder y así disfrutar nuevamente de las mieles del dinero fácil.

Ubicados en su adecuado contexto, todas estas campañas de infamias e injurias y de pretendido menoscabo moral tienen un solo objetivo: enterrar bajo montañas de hoja­rasca los graves y gigantescos actos de corrup­ción perpetrados por la administración que gobernó –de alguna forma hay que llamarla– entre 2018 y 2023. Únicamente a eso apuntan los continuos exabruptos de los perifoneros, cuyo lenguaje se ha degradado a lo chaba­cano y ramplón, y las gesticulaciones grandi­locuentes que vemos a diario en las pantallas de televisión. Padecen de una conveniente amnesia en cuanto al manejo discrecional de las licitaciones, obras sobrefacturadas y pri­vilegios a constructoras amigas durante el tiempo en que Arnoldo Wiens era ministro de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC). Se olvidaron de los alevosos desfalcos durante la pandemia provocada por el covid-19, una de las acciones más miserables en que puede caer un ser humano, pues prefirieron llenarse los bolsillos, mientras la gente humilde moría en los pasillos de los hospitales por falta de insu­mos y hasta de oxígeno.

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¿Y la pasarela de oro? ¿Y el cambio del lugar de construcción del puente Héroes del Chaco para beneficiar a los compinches del poder que tenían propiedades en los alrededores? Bien, gracias. La verdad es lo que menos les importa. Sacar a luz toda la podredumbre del gobierno anterior no es lo importante para ellos. Al contrario, estos deleznables corrup­tos ahora salen a pontificar sobre honesti­dad y trasparencia en el manejo de la cosa pública. ¡Habráse visto tamaña hipocresía y caradurez! Pero, en esta guerra sucia, todo les vale. Hasta mentir descaradamente, sin un ápice de remordimiento, sin sonrojarse, sin un mínimo de conciencia. Y a este batallón de despreciables desinformadores se suman también algunos periodistas que tuvieron grandes beneficios de las binacionales, espe­cialmente de Yacyretá, que auspiciaban sus programas para llenar de loas a Mario Abdo Benítez y su séquito de 40 innombrables, mientras trataban afanosamente de que los candidatos del movimiento Honor Colorado perdieran las elecciones por abandono, pri­mer intento, y por debilitamiento, segundo intento. En ambas instancias fueron derrota­dos estrepitosamente.

Ahora volvieron nuevamente a la carga con otra narrativa ridícula y fantasiosa –supuesta­mente ocurrida en Mburuvicha Róga– sobre presuntos sobres cuya existencia ni conte­nido jamás pudieron presentar ni demostrar. Pero eso jamás importó. Porque, al más puro estilo nazi, siguen con la cantinela antiética de “¡miente, miente, miente!”. Aunque ni una pizca de verdad salga a flote, porque la verdad no puede ser hundida ni enterrada bajo una montaña de infamias y mentiras. Y, al final, de todo esto, nada creíble queda en pie. Pues, a mayor desinformación y ausencia de inte­gridad profesional, se corresponde un índice cada vez menor de confianza ciudadana. Esa es la inapelable y drástica consecuencia de la información sin credibilidad.