La angustiosa situación eco­nómica por el disparo de la inflación que somete a gran parte de la ciudada­nía a realizar compras de contra­bando en zonas fronterizas, como sitios considerados epicentros del comercio formal, además de aumen­tar la ilegalidad, acentúa el boicot contra la industria nacional que está al borde de la asfixia y que, ante tamaño descontrol estatal y com­petencia desleal no encuentra más alternativas que subir sus precios.

La crisis económica, el desempleo, los índices de inflación y el comercio ilegal que hoy tientan con ahorros a los desesperados consumidores que en el afán de economizar se some­ten al perverso esquema del contra­bando, en realidad son calmantes de doble filo que agravan la situa­ción. Del otro lado está la pobla­ción industrial acogotada por plagas como el comercio ilegal que vul­neran sus posibilidades de seguir manteniendo, creando fuentes de trabajo formal y aportando al fisco, es decir, al Estado del cual depende­mos todos.

Los industriales vienen pidiendo a gritos planes de contención al Gobierno, así también estrategias más claras para frenar el contra­bando, pero esta desgracia se pro­fundiza antes de que se avizoren indicios de solución.

A diario se ven en las fronteras como áreas del departamento cen­tral negocios surtidos con produc­tos del comercio ilegal, sin reaccio­nes visibles de los entes de control que aplaquen esta competencia desleal en nuestra economía. Todo sube y esto tiende a empeorar por la competencia desleal.

Hace días se anunciaron más incre­mentos de precios de la produc­ción nacional. El presidente de la Cámara Paraguaya de Industriales Lácteos (Capainlac), Erno Becker, decía a los medios que están mane­jando un posible reajuste en el pre­cio de los productos lácteos a conse­cuencia de la desventaja que les deja el flagelo del contrabando.

La sequía como el contrabando fue­ron letales para la producción lác­tea, señalaba Becker. Ni hablar de otros productos como los domisa­nitarios que abundan en comer­cios, almacenes, en las calles, en los semáforos. El contrabando de azúcar, de aceite y otros comesti­bles se tornan más que normales en estos tiempos, que una lucha frontal institucional hasta podría resultar impopular.

El daño que se genera es altísimo en lo económico, pero más gravemente por como sucumben roles sensibles de instituciones estatales claves a causa de la inoperancia y la politi­zación de las cabezas, que se ubi­caron en estos lugares para perse­guir adversarios políticos, antes que combatir el cáncer de nuestra eco­nomía que es el contrabando.

Todos estos años fueron de tre­mendas propagandas sobre el gran bloque de Unidad Interinstitucio­nal para la Prevención, Combate y Represión del Contrabando (UIC), a cargo de Emilio Fúster, pero los resultados siguen siendo angustio­sos. El viento se llevó las promesas del combate por cielo, tierra y agua al ingreso ilegal, que las rutas son utilizadas como stands de mercade­rías ilegales.

Que la extrema dificultad econó­mica que nos afecta a todos no sea argumento para defender lo inde­fendible. Las prácticas del comer­cio ilegal deben ser reprimidas, castigadas y el Gobierno es el res­ponsable de aplicar la ley para estos delitos.

Estamos cayendo al abismo por un círculo vicioso que los responsa­bles del Gobierno no son capaces de acabar. El ministro anticontra­bando, cabeza de la unidad inte­rinstitucional, no puede seguir dando tregua al flagelo, está com­probado que hizo perder tres valio­sos años a la industria nacional y al país que, hoy contar con su presencia en el sensible cargo es continuar con la vista gorda a la epidemia del contrabando. Urge contener a nuestra economía, blin­dar al sector productivo de la peste del contrabando antes que el per­juicio sea irreversible.

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