La nacionalidad, por lo general, se hereda –aunque hoy, también, puede ser adquirida–, pero la ciudadanía, inapelablemente, se ejerce. Sirva este antiguo axioma para entender la responsabilidad que tiene cada persona de votar en las elecciones municipales que se desarrollan en la fecha.

Eso en lo que hace al sufragio, porque para la participación no existe edad, ni hacia arriba ni hacia abajo. Debe ser incentivada desde la niñez, tanto en las escuelas como en la casa. Los padres deben ser los primeros en educar con el ejemplo. No se transforma un país, una ciudad, una sociedad, debatiendo con la televisión o convocando a la acción detrás del teclado de dispositivos de última generación. Convocatoria a la que, a veces, no acude ni el propio convocante. Hoy, por tanto, es un día crucial para comenzar a avanzar hacia la consolidación y perfeccionamiento de nuestra democracia –en permanente transición– hasta llegar al estadio ideal de una democracia de ciudadanos. Debemos ser protagonistas y no simples observadores de la cotidianidad. Involucrarse activamente es la clave.Esa participación no se restringe, ya lo explicamos, al simple acto de depositar el voto por el candidato de nuestra preferencia. Va más allá.

El principio básico es la información. Las fuentes de datos permiten al individuo involucrarse con conocimiento en las cuestiones del Estado, en este caso particular en los asuntos de la ciudad. Hace rato que existe un llamamiento de los líderes políticos para que la gente forme parte de las decisiones que afectan por igual al poder y a la sociedad civil. De ahí nace la legitimidad que todo régimen precisa para que pueda gobernar con autoridad. Los objetivos compartidos solo podrán materializarse con voluntad política y honestidad de propósitos, por un lado, y con una ciudadanía que se transforme en agente del cambio que la gran mayoría anhela. Decimos la gran mayoría, porque el consenso absoluto es imposible aun en las comunidades más pequeñas.

Asunción, que es el reflejo de los demás municipios –país macrocefálico como somos–, ha sido castigada en las últimas décadas por malos administradores. Se destruyeron lugares turísticos emblemáticos instalándose adefesios en su reemplazo; las plazas más tradicionales de la capital están permanentemente ocupadas o sitiadas por personas de escasos recursos de barrios periféricos o por familias de nuestros pueblos ancestrales; el centro o casco histórico fue devorado por el abandono ante la falta de una política de reconversión amigable que le devuelva su esplendor; debe existir un cordón umbilical creativo que una a esos viejos y añorados espacios con los nuevos focos de atracción del público. No podemos seguir manteniendo una capital asimétrica y parcelada. La ciudad es una. Y así debemos reconstruirla. Para eso precisamos de un jefe comunal y un legislativo municipal que anteponga los intereses de la ciudadanía a sus egoísmos particulares. Las disputas por privilegios destruyen las mejores ideas y los mejores proyectos. Solo la ciudadanía consciente y organizada puede desmontar la anticultura del acomodo y la dejadez para que todo siga igual.

No nos consideramos intérpretes de las expectativas ciudadanas. Sin embargo, existen algunos puntos en común que nos unen a todos. Por ejemplo, no podemos seguir soportando un tráfico insufrible cuando existen modelos de otras ciudades del continente que podemos replicar. Algunos abortados proyectos deben ser reflotados para que el acceso a la ciudad capital se haga en el menor tiempo posible. El fanatismo cromático y la publicidad económica de algunos medios truncaron esas posibilidades. El intendente electo en el día de hoy debe tener el suficiente coraje para enfrentar esas actitudes reaccionarias.

Las avenidas Mariscal López y Eusebio Ayala deben ser los focos de esas reestructuraciones. En eso la ciudadanía preocupada en mejorar su calidad de vida debe intervenir. El bien común debe ser nuevamente el imperativo ético de las políticas públicas. ¿Por qué hablamos de mejorar la calidad de vida? Porque llegar, por cuestiones laborales, de las ciudades periféricas a la capital en treinta minutos en vez de en dos horas consigue ese propósito. Está científicamente comprobado. No estamos haciendo afirmaciones al aire. Aquí deben complementarse lo que dijimos antes: el Estado en comunión con la gente.

En este punto es donde deben analizarse las propuestas de los siete candidatos a la Intendencia de Asunción. Es cuando la conciencia debe intervenir. Y una vez electo el candidato, es la ciudadanía la que debe convertirse en grupo de presión para que sus promesas se cumplan. Y, aún más trascendental para la democracia de ciudadanías, es cuando debe hacerse escuchar en sus propias propuestas. Asunción no es de nadie en particular. Es de todos. Una ciudadanía ausente no puede reclamar por el futuro.

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