Varias semanas atrás señalábamos que Paraguay estaba en peligro de muerte en relación con el creciente número de contagiados y fallecidos por covid-19; lo dijimos desde la fría objetividad que relataban las cifras, sin ninguna intención de sensacionalismo. Hoy lamentamos profundamente no habernos equivocado, la gente ya empieza a morir en las sillas de los hospitales, muchos en sus casas –sobre esto hay un subregistro–, otros en la puerta de los hospitales. No sabemos qué más decir o de qué forma decirlo para que se entienda que este coronavirus de verdad existe, que es un monstruoso asesino silencioso que no respeta edades, ni posición económica, ni género, ni nada ni a nadie.Más allá de buscar culpables y señalarlos con el dedo, hay un par de realidades que es importante considerar sobre las causas del agravamiento de esta crisis propiciada por este virus asesino, el SARS-CoV-2. En primer lugar, la total irresponsabilidad de un grupo de habitantes a quienes parece importarles muy poco el tema, quizás porque no admiten su letalidad o su existencia, tal vez incautamente se creen invencibles al mal, por supuesto que los más de 5.000 muertos y los casi 247 mil casos positivos los desmienten.

Ese puñado de irresponsables está matando a la mayoría que cumple los protocolos sanitarios. Ni siquiera aquellos que se contagiaron y sobrevivieron para contarlo están libres de una reinfección que les pueda complicar la vida, ni aun quienes recibieron la gracia de la vacuna anticovid porque ya se sabe que el biológico no es la solución definitiva si no se vacuna a toda la población y se cumplen estrictamente los protocolos de bioseguridad.

Una segunda variable es la falta de camas para internación, la carencia de unidades de terapia intensiva para los más críticos, la insuficiencia de médicos y enfermeros capacitados para pelear en las salas de internación, los escasos insumos y medicamentos, entre otros indispensables para plantarle cara y vencer al virus que causa el covid-19. La falta de gestión en tiempo y forma por parte de las autoridades gubernamentales, la corrupción que hizo vito con el dinero del pueblo es responsable de la angustia por lo que estamos pasando en esta pandemia, esa corrupción no solamente está robando dinero, sino también vidas.

Habíamos recordado los dolorosos sucesos de otros países de Europa y de nuestro continente, que el año pasado en el pico de la pandemia la gente iba muriendo en las calles, los enfermos apenas alcanzaban la puerta de los hospitales antes de desplomarse o caían en cualquier lugar, las familias sacaban el cuerpo sin vida de su familiar a la acera o los dejaban en la esquina más próxima para ser incinerados en mitad de la vía pública, porque tanto los hospitales públicos como privados no podían recibir a más pacientes, a esos infortunados no les quedaba más que morir donde el destino les marcó su final.

Las expectativas manejadas desde el Ministerio de Salud Pública no son muy alentadoras, tenemos una proporción de contagios tres veces más en comparación con los otros cinco meses anteriores de pandemia, desde esta semana que viene superaríamos los 100 muertos diarios por covid-19, si la transmisión del virus sigue su actual ritmo, considerando las características de la cepa brasileña que es de mayor facilidad de contagio y con efectos más fuertes sobre el organismo del ser humano, incluso con fuerte intensidad sobre jóvenes y niños. Es decir, lo peor aún no viene, esta situación puede ser mucho peor de lo que vivimos y pensamos.

De nada servirá que el Gobierno endurezca los controles y tome otras medidas para ralentizar los contagios si los irresponsables continúan despreciando la vida y apostando por la muerte, por la propia o la de sus padres y demás seres queridos. A este coronavirus, en el mundo, aún no le ganó nadie en las salas de los hospitales, pero sí en la calle con la gente cumpliendo las medidas sanitarias y vacunando masivamente a la población. Apostemos por la vida, no por la muerte.

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