En tiempos electorales la razón, como nunca, deja de convertirse en el eje de un debate o de una simple discusión. Decimos “como nunca” porque, en realidad, décadas hace que el argumento lógicamente estructurado es sometido por la fuerza del escándalo, la descalificación personal y la vocinglería de los necios. Con el agravante que muchos de esos necios tienen poder. Y al tener poder cuentan a su favor con los medios de comunicación que siempre están a la pesca de alguna polémica despiadada que pueda alimentar la morbosa curiosidad de un sector de la sociedad. Al resto de la ciudadanía, los mortales de a pie, le queda el recurso de las redes para exponer sus descargos o exteriorizar fundamentos que puedan enriquecer las opiniones contrapuestas o esclarecer situaciones que son intencionalmente oscurecidas. Si es una persona medianamente conocida, tendrá su espacio en las páginas de los diarios y sus minutos en radio y televisión.Las personas con poder, por su lado, tienen en contra la artillería pesada de las redes sociales. Donde la razón es el arma menos requerida para confrontar puntos de vista. Porque tales puntos de vista son prácticamente inexistentes. Solo abundan los insultos, los improperios y los agravios. No podemos obviar las honorables excepciones de quienes, con paciencia tibetana, desarrollan sus ideas como una contribución al conocimiento de los demás.

Si esta descripción es el reflejo de la realidad actual, en los meses que se vienen veremos un aumento exponencial de esa carga de agresividad que va invadiendo todos los ámbitos, especialmente el de la política y la vida pública. El tono de la irascibilidad apuntará a multiplicarse a medida que se acercan las fechas fijadas para las elecciones internas con miras a las municipales de octubre de este año.

Las internas simultáneas de los partidos, movimientos políticos y concertaciones electorales, se realizarán el 20 de junio del 2021. Más allá de los efectivos consensos y concretadas alianzas, nunca habrá lugar suficiente, como es natural, para todos los potenciales candidatos, quienes, al quedar relegados, suelen transformarse en elementos de discordia al interior de sus respectivas asociaciones políticas. Algunos se limitarán a tirotear desde las azoteas, otros intentarán una travesía épica ante poderosos contendores, y los más, al saberse anticipadamente perdedores, tratarán de destruir a sus adversarios, agraviando impunemente honras y conductas ajenas. Es cuando el clima electoral se vuelve decididamente hostil –que tendrá una intensidad superlativa por la influencia de las redes– porque las líneas no estarán separadas por la diversidad de los pensamientos, sino por la rivalidad que estriba en atávicos resentimientos.

Un brillante intelectual de la Generación del 900, don Ignacio A. Pane, solía afirmar que “en nuestro país, más que las ideas, nos dividen los odios”. Tenía razón entonces y la tiene todavía hoy. Observamos opuestos absolutamente irreconciliables. Hoy agrandados y expuestos con luces de neón, ya lo dijimos, por los diversos medios y canales de comunicación. Algunas declaraciones públicas conceden certificado de veracidad a lo expresado por aquel compatriota. Más que críticas sustanciosas, parecen espumarajos de rabia y de rencor.

Estas internas, obviamente, no serán impedimentos para que los obsesionados por el sillón de López continúen con sus campañas desaforadas en contra de quienes creen, real o imaginariamente, son los obstáculos a derribar para alcanzar sus objetivos, sin considerar la licitud de los medios.

Terminadas las internas, los discursos de campaña (ya entre partidos), en su mayoría, así se avizora –y así también lo aseguraba nuestro autor cien años atrás– se establecerán sobre la rivalidad de los vicios y no sobre la equiparación de las virtudes.

La capacidad de cerrar heridas internas para las elecciones municipales será un plus para aspirar al triunfo electoral. El más sobrio, pero convencido de sus ideas, creemos será el elegido por la soberanía de los votos populares. Al menos así lo percibimos.

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