La semana que pasó perdió la vida a consecuencia del covid-19, María, una enfer­mera del hospital de Salud Pública de Calle’i, tras batallar durante 30 días contra la enferme­dad al cuidado de sus compañeros.

Su despedida fue emotiva, no solo se iba para siempre un paciente sino una persona que libró durante meses codo a codo con ellos la guerra contra esta enfermedad y durante décadas desde la trinchera de la salud pública.

En estos tiempos en que empeza­mos a perder la piel de la sensibi­lidad con este fenómeno, segura­mente a consecuencia de nuestra prolongada exposición al mismo, es importante reconocer y recoger la historia de la enfermera María como un lazo con ese compromiso que tiene que seguir vivo: nuestra responsabilidad personal con lo colectivo; nuestra responsabilidad personal con el evitar que la enfer­medad nos use a nosotros –con las consecuencias que pueden ser mor­tales– como eslabón en su cadena de transmisión.

Cuando fallece un personal de salud el concepto de la respon­sabilidad individual retorna con mucha fuerza por una razón muy contundente: por cada acto per­sonal carente de responsabilidad, descuidarse en el uso de tapabo­cas, no mantener la distancia social, olvidarse de las reglas de higiene preventiva supone el presupuesto básico para el registro de un nuevo caso de covid-19. Cada nuevo caso de covid-19 supone un nuevo riesgo no solo para el entorno familiar y laboral de la persona sino en el personal de salud que finalmente deberá lidiar con la etapa más difícil y con la exposición más dura y coti­diana.

Probablemente la muerte de la enfermera María, del Hospital de Calle’i, no será un tema resaltante en los medios ni habrá un minuto de silencio por ella en ningún evento de las autoridades, pero es un profundo recordatorio, más bien una interpe­lación sobre la necesidad de prote­ger a nuestros soldados que acuden a combatir lo peor de esta guerra contra el covid-19: la lucha en los hospitales, poniendo de resalto una vez más una ecuación muy simple que la tendríamos que tener apren­dida: cada enfermo nuevo de covid-19 también supone que un médico o un enfermero suma una posibilidad más de contraer la enfermedad. Esta reflexión sigue siendo importante porque tenemos todavía un buen tiempo por delante en la historia de confrontación con el coronavirus.

Un personal que se despide a con­secuencia del covid-19 es un regalo de amor demasiado costoso para ser invisible; se trata nada menos de que una persona que entrega la vida probablemente por el acto de cura­ción a un ser humano al que siquiera conoce. La enfermera María es una más de las muchas enfermeras y médicos que se han despedido para siempre tras cumplir su deber de tratar de contener la enfermedad no solo para que una persona cure sino para que su propagación se detenga. Y lo ha hecho a cuenta de su propia vida.

Un homenaje a María, en nombre de todos los que como ella han perdido la vida por salvar la de los demás.

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