El Paraguay, igual, peor o mejor que el resto de las economías del mundo, quedará resentido después del paso de la pandemia. Las lógicas del importante desempleo, ya dentro de una economía informal, las carencias en el mundo de la educación que nadie pudo evaluar aún a nivel público esencialmente, sumadas a un escenario político inestable, generan un cuadro poco optimista de cara a la segunda etapa de la gestión del actual gobierno.Basta observar las redes sociales para comprender que existe un clima de gran decepción ciudadana. Es cierto, las redes no son la mejor herramienta de medición, pero sí es una forma de aproximarse a lo que se está debatiendo en los sectores con más acceso a la expresión cívica del país.

Tanto el panorama como las reacciones que aquí se citan abren paso a la necesidad de mirar el futuro con la urgencia de los cambios y golpes de timón que la sociedad requiere.

Mientras transcurre una pandemia y el país está en una crisis ambiental a consecuencia del fenómeno de La Niña, es fácil apreciar cómo el sector con más dificultades para abandonar su agenda de corrupción, politiquería caníbal, show de controversias, es el político. Esto genera la sensación de que mientras el país está en una cosa, sectores de la política siguen encarnizados en su lucha por el poder o en sus planes de acumulación.

Un buen ejemplo de cómo tienen que funcionar las cosas en crisis se puede localizar con mayor facilidad en el sector privado y ciudadano. En este sector se siguió trabajando, tomando iniciativas, abriendo rumbos y despejando dificultades para no detener la marcha. Esta apropiada forma de caminar en medio de un mundo plagado de incertidumbre es todo aquello que esperamos nos enseñen los liderazgos en su tarea pública.

Por ello, y no por ninguna retórica política, hablar de liderazgos es un asunto vital para el futuro. Debemos fundar en el Paraguay liderazgos que estén acordes con los tiempos que vienen, tan desafiantes en resultados, despojándonos, como un cascarón inútil, de ese otro liderazgo, de la mala política, de la política tradicional tan explícita en errores y desaciertos y tan pródiga en escándalos e irregularidades.

Necesitamos liderazgos serios, prudentes, descontaminados del odio sectario que se percibe hoy en cada sesión de las cámaras del Congreso y que lleva al retraso en un mundo en el que la economía pide a gritos ideas claras y precisas sobre cómo continuar para adelante.

Para tener nuevos liderazgos es necesario que los jóvenes “se metan” a la política, experimenten en este mundo en el que la renovación es sustancial para su existencia. Los viejos bueyes tienen muchas dificultades para arar en las tierras nuevas, en un mundo que necesita producir más, sostenerse mejor en su relación con el entorno ambiental y diseñar lógicas de bien social que nos lleven a un mundo con menos asimetría social, gastando menos en la costosa burocracia estatal y más en apuestas sociales como viviendas, educación, salud.

Animarse a tomar parte de la vida pública es un buen camino para los jóvenes de este país. La patria necesita que se renueven sus cuadros de liderazgo en el camino de tener autoridades más preparadas, más honestas y más visionarias, que son urgencias de hoy para el país de mañana.

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