El conocido aforismo filosófico “el conocimiento es poder” trascendió durante siglos como un estímulo para acu­mular saberes que permitían al hombre tener y ejercer influencias dentro de una sociedad. En plena efervescencia de la ciencia se consideraba que la educación, sistémicamente organizada, concedía a los ciudadanos una superioridad inte­lectual sobre los demás, principalmente, a la hora de tomar decisiones correctas en situaciones cotidianas de la vida.En el plano político, el conocimiento tendría que ser un requisito indis­pensable para cualquier líder que aspira el poder, ya que lo pondría por encima de los demás competidores. Debe ser capaz de generar ideas atrac­tivas y motivadoras para convencer a los potenciales seguidores. Todo esto, obviamente, en la teoría, porque no siempre esta situación idealizada se transporta a la realidad. En nuestro país y en el mundo.

Con el desarrollo acelerado de los medios de comunicación tradicionales, especialmente después de concluida la Segunda Guerra Mundial, aquella sen­tencia sufrió una mutación. La pala­bra conocimiento fue sustituida por la de información. El ritmo vertiginoso de los acontecimientos obligaba a los líderes –políticos, sociales, empresaria­les– a estar siempre pendientes de todo cuanto ocurría a su alrededor. Esa posi­ción privilegiada les permitía interpre­tar y adelantarse a los hechos. De ahí la trascendencia de estar siempre bien informado.

Partamos de que la información es defi­nida como un mecanismo insustitui­ble para retomar los datos del entorno y estructurarlos de manera tal que per­mite orientar y guiar nuestras acciones. Es la base de nuestras decisiones. Sin ella estaríamos asumiendo posiciones a ciegas. Y las posibilidades de errar son altamente probables.

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En aquella época, especialmente en el campo político, se armaban verdade­ros equipos de profesionales que asu­mían la responsabilidad de seleccionar las informaciones, clasificarlas, ana­lizarlas e interpretarlas. Una síntesis, con las correspondientes sugerencias, se entregaba, entre otros, al diputado, senador, ministro, presidente de la República o al aspirante a cualquiera de esos cargos.

Con el avance de la tecnología esta tarea se simplificó enormemente. Más allá de una aplicación especial donde enviar estos resúmenes con la celeri­dad del segundo, cualquier político con rango de autoridad, así como cualquier ciudadano, puede hoy acceder direc­tamente a las noticias en el mismo momento en que se generan los hechos. No estar informado en este tiempo es solo por pereza, desidia o desinterés. O por fallas en el equipo de comunicación.

Las confesiones del presidente de la República de que no estaba enterado de la declaración de emergencia sanita­ria, a causa del dengue, aprobada por el Senado y que los médicos contrata­dos por el Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social no estaban recibiendo sus salarios (en plena crisis epidémica), es absolutamente inconcebible.

El poco feliz justificativo de que “yo ayer estaba en el Chaco” tendría vali­dez años atrás, cuando la tecnolo­gía todavía no constituía una red que interconecta a todo el mundo. No hace falta tener un diario en la mano, escu­char la radio o estar frente al televisor para saber qué está pasando. Solo ya es necesario el uso adecuado del teléfono celular durante pocos minutos, incluso mientras uno va viajando.

Muchos presidentes tienen problemas a la hora de comunicar su gestión. Algu­nos llevan una relación áspera con los medios. Otros informan de sus activi­dades o sientan opinión y generan polé­micas solamente a través de las redes sociales. Lo absolutamente inadmisible es que un mandatario desconozca cues­tiones que afectan a su propio gobierno. Le resta credibilidad, porque denota desinterés por su trabajo. Una situación que no debería repetirse.

El jefe de Estado debería estar pen­diente de este tema –el dengue– que golpea a la población en general, y que le tuvo a él como uno de los afectados. La ciudadanía, con toda razón, puede llegar a la conclusión de que este drama sanitario no está siendo encarado con la seriedad que se merece. Y del drama a la tragedia puede existir un solo paso.

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