El Ministerio de la Niñez y la Adolescencia divulgó esta semana unas cifras sobre un problema latente y que, lamentablemente, parece ir en aumento ante la indolencia de una sociedad cínica: el embarazo infantil. El dato revelador, aunque lacerante y que se condice con las cifras de organismos internacionales, señala que por día dos niñas (en edad comprendida entre 10 y 14 años) se convierten en madres en Paraguay.Una cifra desoladora, que conmociona y nos interpela como sociedad. Dos niñas, cada día, dan a luz un hijo, en lugar de estar dedicando su vida a la escuela o a ser simplemente una niña; se les obliga a ser madres antes que a crecer con dignidad y en un entorno de respeto.

En el último año, un total de 589 niñas, de entre 10 y 14 años, fue mamá. Mamá, el rol más noble, el que debe llegar en la plenitud de la vida de toda mujer, que termina arrebatando la inocencia de una niña de manera súbita y violenta. Porque los embarazos de nuestras hijas no son producto de una relación consentida, son resultado de un proceso de abuso y sometimiento a las que son obligadas por parientes allegados, que violan de manera sistemática a sus inocentes víctimas.

Que casi 600 niñas al año se conviertan de manera súbita y a la fuerza en madres nos indica que en Paraguay estamos obrando mal. Y obramos desde las cuestiones más básicas como una educación sexual integral, el insuficiente acceso a servicios de salud de modo amplio para adolescentes y la necesidad de fortalecer el sistema de protección contra el abuso sexual a niñas, niños y adolescentes.

Tres deficiencias que detonan en un mismo problema. El cuco de la educación sexual integral debe al menos traspasar la instancia del debate, pues es claro que para lograr al menos un entendimiento el problema debe ser discutido, visibilizado.

Pero a la primera falla como sociedad, la de dificultar el conocimiento, se añaden otras brechas tan graves como la ignorancia, el acceso a los servicios de salud así como un eficiente esquema normativo de protección para nuestros hijos.

Pero hay que reconocer que estas son fallas sociales de formalidad. La cuestión de fondo sigue siendo que en el Paraguay persiste una sociedad marcadamente conservadora, que es renuente a salirse un milímetro de sus tradiciones y de prescindir de un debate que es necesario, a pesar del fuerte agravante que supone vivir en medio de los estándares de pobreza más altos de la región.

No son suficientes las distintas campañas que se han ensayado en los últimos años, aunque existen algunas que despiertan cierta confianza, como es el caso del proyecto que se implementará por los próximos tres años en nuestro país con el objetivo de contribuir a la reducción del embarazo en niñas y adolescentes menores de 19 años de edad, con énfasis en la prevención y el abordaje de la violencia y del abuso sexual.

Otro aspecto penoso y que provoca una gran angustia es que en nuestro país, de acuerdo a cifras oficiales, cada 24 horas se registran 8 a 10 casos de abuso sexual, una de las cifras más altas a nivel regional, lo que también nos señala con el dedo acusador a los paraguayos.

¿Qué debe hacer la sociedad paraguaya para revertir este verdadero flagelo de violaciones y embarazo infantil? Primero que nada, rechazar la negación. Este problema es real y hay que hablarlo. En el hogar, en las escuelas, en las universidades y no esconderlo reduciéndolo a un mero hecho aislado.

Y, en segundo lugar, una educación más dirigida a la prevención. La cartera de Educación tiene un rol preponderante para trabajar en este proceso no solo con las niñas, sino también, y con énfasis, con nuestros niños; son ellos los que deben aprender en ese proceso de educación en masculinidad responsable.

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