Fue realizada hace algunos días una plenaria nacional en defensa de la educación en el campus de la Universidad Nacional de Asunción, con representantes de 40 organizaciones del sector. Participaron docentes, estudiantes, académicos y funcionarios, quienes debatieron acerca de la innegable crisis que vive la educación paraguaya en todos sus niveles.
La preocupación principal gira en torno al presupuesto asignado a este campo por parte del Estado, ya de por sí muy bajo pero que para el 2020 sufrirá un recorte de 20.000 millones de guaraníes. Más allá de la marcada desaceleración económica, una materia en la que no deberían hacerse reducciones es en educación. Por el contrario, la solución a los problemas estructurales de la sociedad paraguaya pasa por aumentar significativamente la apuesta por la educación de calidad.
En las condiciones actuales la educación paraguaya no cumple ni remotamente sus propósitos y no tiene la menor utilidad como factor de crecimiento económico o de desarrollo social. A juzgar por los resultados que saltan a la vista, los programas y currículos, los sistemas de evaluación y el modelo pedagógico en el aula carecen de eficacia y solo sirven para que el Estado “cumpla” formalmente con una de sus responsabilidades.
Pero, en términos estrictamente prácticos y observando con objetividad nuestra realidad, es más que patente que los niños y jóvenes paraguayos no cuentan con las herramientas intelectuales, científicas y culturales para su desenvolvimiento como individuos y para la construcción de una sociedad más avanzada, justa y libre. Seguir creyendo que nuestras escuelas y colegios verdaderamente preparan a los chicos y jóvenes para los desafíos del presente y del futuro es una ilusión, un engaño, un callejón sin salida. Es imperioso, es urgente, emprender sin pérdida de tiempo una profunda transformación en la educación paraguaya.
Para el Paraguay, que se encuentra entre los países más pobres y atrasados de la región, no existe absolutamente nada más prioritario que la educación de calidad. Nuestro país podrá tener excelentes cosechas agrícolas, ganar más y mejores mercados para la carne, generar abundante energía, pero jamás podrá consolidar un crecimiento económico general y construir una sociedad libre y justa sin una apuesta radical y permanente por la educación.
En primer lugar, la formación docente, ya que los maestros son los actores protagónicos del proceso educativo. Cualquier cambio o mejora que se intente introducir en las escuelas, colegios y universidades de nuestro país debe asentarse en un sólido y sostenido trabajo con los docentes. En segundo lugar, es preciso también enfatizar la necesidad de mejorar la enseñanza de las materias básicas e instrumentales, como el lenguaje, las matemáticas y las ciencias. Sin niños y jóvenes con una comprensión cabal de matemáticas y ciencias serán totalmente inútiles las computadoras más avanzadas.
Finalmente es necesario poner el acento en la necesidad de invertir en infraestructura, equipamientos y capacitación mediante la aprobación de un presupuesto sustancialmente mayor a la educación. Las mejores intenciones naufragarán sin remedio si no se coloca a la educación como una prioridad absoluta al momento de la asignación de los recursos.
Tal como están las cosas, el 2020 se encamina a ser otro año perdido para la educación paraguaya. Simplemente más de lo mismo. Sin cambios, sin transformaciones cualitativas, sin un horizonte nuevo.

