Hoy es un día clave para la Argentina. Casi 34 millones de argentinos decidirán el futuro inmediato del país, puesto que una de las grandes naciones de la región está en crisis económica y social, la peor desde aquel aciago 2001.El país está dividido, ya que dos candidatos concentran la mayor parte de la intención de voto: el actual presidente Mauricio Macri, que busca la reelección, y el candidato opositor, el peronista Alberto Fernández, quien es el amplio favorito, según las últimas encuestas, y que fue el claro vencedor en las primarias (PASO) de agosto pasado.
Ni bien se sepa quién es el ganador (el balotaje que pretende Macri sería una sorpresa), la victoria deberá celebrarse raudamente para empezar a preparar el período de gobierno que arranca en diciembre próximo.
Es que para los argentinos, en especial de las clases media y baja, el horno no está para bollos. La Argentina, aquel rico país que en la mitad del siglo pasado era conocida como el “granero del mundo” por sus ingentes recursos naturales y su producción de alimentos, atraviesa su peor crisis en los últimos 17 años. Está en recesión desde hace más de un año con una deuda externa colosal, con una inflación que supera el 37% a setiembre del 2019 y con un aumento de la pobreza (actualmente es de 35,4%), los argentinos tienen justificadamente muy poca paciencia con su clase gobernante.
Si bien la elección de un presidente, y más aún cuando provoca un cambio del signo político en la conducción del país, casi siempre trae aparejada una etapa de tregua, un tiempo de gracia, que en el vecino país se reduce al máximo. Sea quien sea el próximo presidente, el que asuma en el último mes del año deberá ocuparse de manera urgente de revertir los números más arriba citados o, al menos, atenuar las dificultades por las que atraviesan millones de personas en el vecino país.
La coyuntura internacional no es para nada favorable, con una guerra comercial entre las potencias mundiales, EEUU y China, además de precios relativamente bajos de los commodities. Las autoridades económicas argentinas deberán moverse entre la audacia y la prudencia.
A nivel regional, la situación tampoco es agradable. Los últimos conflictos suscitados en la región, como en Ecuador y especialmente en Chile, donde la semana pasada estalló una crisis, ponen al descubierto que aquellas bondades de los grandes números de la economía no han descendido a nivel de las clases más populares, sino que solo han sido de beneficio para los privilegiados de siempre.
Desde el triunfo en las PASO de Alberto Fernández, cuya dupla, Cristina Fernández, volverá a coejercer el poder luego de 4 años, y con el cambio de signo ideológico en la Casa Rosada, diversos sectores en nuestro país se han hecho la pregunta sobre cómo será la relación entre los dos países. Ciertamente, bajo las presidencias de Mauricio Macri y Horacio Cartes se han visto algunos avances como, por ejemplo, la resolución del caso de la deuda de Yacyretá y la maquinización del brazo Aña Cuá, pero todavía quedan otros asuntos pendientes.
Pero sea Fernández o si continúa Macri, lo cierto y lo concreto es que muy pocos aspectos podrán cambiar, puesto que las relaciones entre los dos países, que datan de más de dos siglos, continuarán por la misma senda salvaguardando cada nación sus propios intereses y negociando otros. Como es el caso, por ejemplo, del sector automotriz, en el que en los últimos días se alcanzó la firma del primer acuerdo de libre comercio.
El andar de la economía argentina es clave para los intereses del Paraguay y es vital que ese desempeño –alicaído y cabizbajo de los últimos dos años– vuelva a repuntar para beneficio de muchos de nuestros compatriotas que viven en el vecino país y para el comercio fronterizo.

