Gracias al sincericidio expre­sado por el comisario Ger­mán Real, explicando cómo “amansó a los terroríficos miembros del Primer Comando Capital”, según explicó a los medios, “gracias a las charlas con lapa”, con la patrona, a buen entendedor, claro que utilizó también, siempre de acuerdo a sus declaraciones, “gracias a que le tuve a Dios conmigo”, claro que si se lee el informe completo, que es bastante ilustrativo, se va a apre­ciar la sangre fría del comisario, como valor principal del éxito, manteniendo la calma tras cuatro horas encañonado con su propia arma.

En fin, valga reconocer el mérito princi­pal, como contraparte del grado absoluto de inseguridad que reza en esa, como en tantas otras prisiones del país, como se ha comprobado en otras donde han ocu­rrido desastres semejantes, con suerte, más que con organización y disciplina penitenciaria. Es decir, que puede afir­marse sin posibilidad de error, que nues­tra seguridad depende más del albur, que de la profesionalidad y las condiciones de profesionalidad de nuestras cárce­les. Triste conclusión, o la contrapartida que, al parecer la situación de las cárceles depende más de los presos ñarõ importa­dos que de las autoridades nacionales res­ponsables de la seguridad, ya que como registra la realidad penitenciaria, se evitó una catástrofe, gracias más a los albures que a una verdadera seguridad.

No es la primera vez y, lo que es más grave, no tiene visos de ser la última, sino, más bien, una más de una retahíla, ya que parece que los del Comando Capi­tal tienen más poder que los carcelarios y se manejan a su antojo. Y, más grave toda­vía, se hallan, al parecer a gusto en nues­tros valles. Hasta se podría concluir que se hallan a sus anchas con policías “nego­ciadores”, al parecer más afables y con ánimo negociador, que los del otro lado de la frontera.

Si esta, como parece ser de acuerdo a las últimas experiencias, es la tendencia, es hasta probable que declaren nuestra geo­grafía como edén ideal para sus fechorías.

En fin, que es probable que, dada la faci­lidad de tomar penales, con rehenes incluidos y todo y negociar las condicio­nes del “internado”, con armas en mano y guardiacárceles desarmados, más bien como un hotel que como una cárcel, no debe ser tan fácil de conseguir en otras latitudes. En fin ¿qué mejor lugar donde aquerenciarse?

Puede sorprendernos en estas circuns­tancias que los tenebrosos criminales estén tan cómodos aquí que no tienen al parecer ni remota intención de fugarse, tal como se puede constatar en la cró­nica policial comentada, que ni tengan la menor intención, pese a las facili­dades de libre circulación, que prefie­ran quedarse por estos lares en vez de rumbear para sus pagos, donde, evi­dentemente no esperan tener un trato tan afable o la libertad de disfrutar de paseos en libertad.

Claro que, si la tendencia sigue, y las autoridades andan tan complacientes que hasta, mientras estos hechos acontecían, la ley de emergencia en las cárceles seguía sin promulgarse. No habrá que asom­brarse si algunos prestanombres empie­zan a comprar terrenos para instalarse definitivamente en un país tan acogedor como el nuestro que se muestra tan aco­gedor hasta con los delincuentes.