La semana pasada, el Banco Central del Paraguay (BCP) dio a conocer los números del desempeño econó­mico del primer semestre con cifras que indican un capítulo negativo de la situa­ción paraguaya. Resaltan que la actividad eco­nómica registró una caída del 2,8% de enero a junio debido a los resultados adversos en varios ítems. Hacía diez años que el país no tenía un primer semestre con malos resultados como en este, ya que la última vez ocurrió en los prime­ros seis meses del 2009.

Varios elementos desfavorables se alinearon para que el desempeño económico fuera nega­tivo, como la mala producción de soja debido a la sequía, a la que acompañó la reducción de la generación de electricidad en las hidroeléctri­cas debido a problemas climáticos. La indus­tria tuvo un desempeño negativo en la produc­ción de bebidas, tabacos, productos metálicos, lácteos, cueros, calzados, textiles, minerales no metálicos. Además de la construcción, donde se notó menor actividad.

El reporte de la banca central no indica nada muy nuevo, pues la retracción se ha notado ya desde los primeros meses. Pero lo más nove­doso es que la floja actuación económica del país se da en un contexto internacional con situacio­nes que nos afectan seriamente y cuyas conse­cuencias pueden ser muy duras. Las tensiones de la política económica entre Estados Unidos y la China, las dos economías más grandes del planeta, inevitablemente tendrán repercusio­nes también aquí. Lo mismo que la mala situa­ción de la Argentina y el Brasil, nuestros socios más importantes, que están sumidos en un tembladeral de difícil pronóstico. Hecho al que se suman los peligros del empeoramiento de las relaciones entre Brasil y la Argentina, si gana el kirchnerismo en octubre, pues podrían poner en peligro el reciente acuerdo del Mercosur con la Unión Europea y hasta la existencia misma del bloque regional.

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De ese modo, aparte de tener que afrontar la complicada situación interna, las autoridades deberán diseñar también una estrategia ade­cuada para contrarrestar la inestabilidad del panorama internacional. Dos desafíos de enor­mes dimensiones para un gobierno que todavía no ha podido superar los avatares de su primer año al frente del país.

Por ello es fundamental para esta administra­ción superar sus contradicciones para asegurar la solidez política y económica, en primer lugar, y realizar las acciones para contrarrestar los riesgos que existen, además de armar estrate­gias de desarrollo que sean exitosas.

En lo interno, debe hacer todos los esfuerzos para lograr la estabilidad y así poder mejorar el clima de negocios y favorecer el aumento de inversiones tanto nacionales como foráneas. Si no hay tranquilidad, nadie querrá arriesgar su capital en nuevos proyectos.

El Gobierno y la clase política deben trabajar fuerte para obtener consensos que garanti­cen un clima más estable y mejoren el que se ha vivido desde el rechazo al acuerdo bilateral con Brasil. Sin un consenso político, difícilmente mejorará la estabilidad.

El Gobierno no debe despilfarrar los logros que ha alcanzado el país en la gestión de los últi­mos 15 años, como la solidez macroeconómica, y debe cuidarlos como su más preciado tesoro. Por lo que debe desterrar cualquier elemento que pudiera poner en peligro el equilibrio fiscal.

Después de los tanteos del primer año, debe entrar con decisión en la formulación de políti­cas claras para enfrentar los riesgos que existen. Tiene que promover también estrategias para el desarrollo mediante acciones públicas decidi­das. No más la indecisión ni la improvisación y sin cometer los mismos errores ya conocidos.

Según algunos técnicos, el país ya estaría en recesión, por lo que urge actuar con rapidez. Hay que aumentar la ejecución de las inversio­nes públicas, generar más empleos, incentivar el consumo, disminuir el gasto público impro­ductivo para no poner en peligro el equilibrio fiscal.

Hay que hacer de lado el exceso de atención a la política y concentrarse en los asuntos econó­micos que fueron desatendidos en este primer año y cuya consecuencia está ahora sufriendo el país.

La inestabilidad en la economía mundial, las tensiones políticas y económicas regionales y los desafíos internos del país hacen necesa­rio encarar una agenda en que la reactivación de la economía sea la primera preocupación. Si el Gobierno no lo comprende así, irá camino al fracaso.

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