Hoy es el Día del Niño. Y se cumplen 150 años de la batalla de Acosta Ñu, la más cruel y dolorosa de todas las acciones militares de la Guerra de la Triple Alianza. La que más tristeza causó porque en ella las tropas brasileñas mataron y quema­ron con ferocidad extrema a unos 3.000 niños y adolescentes, hijos de las madres que, acongoja­das, veían desde las cercanías cómo el enemigo se ensañaba hasta con los heridos en el campo de la familia Acosta.

Eso ocurrió el 16 de agosto de 1869 en lo que es hoy el distrito de Eusebio Ayala, a unos 70 kiló­metros al este de Asunción, la entonces ex capi­tal que ya había sido devastada y saqueada por las tropas enemigas. El suceso era la culmina­ción de los enfrentamientos que se habían dado pocos días atrás en la terrible batalla de Piribe­buy, cuando las tropas del emperador brasileño Pedro II cometieron la salvaje acción de atacar e incendiar el hospital quemando a los heridos y enfermos que se encontraban en el lugar.

La recordación de la extrema crueldad que signó la matanza de los menores en Acosta Ñu no es solo para evocar un hecho vergonzoso que fue protagonizado por un ejército despiadado. Es sobre todo para aceptar una lección que debería­mos aprender hoy de esos sucesos para asumir el compromiso que tenemos como nación y como sociedad con los niños.

La responsabilidad de la sociedad no es solo para con los niños de la calle que pasean su miseria y su orfandad moral por las arterias de nuestras principales ciudades pidiendo limosna o come­tiendo fechorías. También es para los miles de menores de todo el país, de las áreas rurales y de los barrios pobres de las zonas urbanas que no solo no tienen pan suficiente, sino que care­cen de educación de calidad y atención adecuada de salud para poder vivir y crecer dignamente. Y que, para colmo, por la falta de oportunida­des, están empujados a seguir siendo la escoria de una sociedad egoísta y de un Estado ausente e inservible.

Los niños de hoy no van a morir en un pajonal lanceados por la barbarie de los soldados brasi­leños como los héroes de Acosta Ñu. Pero si no los rescatamos a tiempo, muchos de ellos van a ser víctimas de las crueldades más grandes de la sociedad actual, la falta de esperanza cierta, la extrema pobreza y el desprecio social.

No vale de mucho lamentar nuestras desgracias pasadas y presentes ni llorar a nuestros héroes de la historia si no sacamos lecciones de lo acon­tecido y tomamos decisiones para construir un futuro mejor.

Por eso la recordación de la cruel batalla de Acosta Ñu, espantosa por donde se la mire, debe ser un momento de reflexión para el compro­miso con nuestros niños. Todos ellos, los hijos de los pobres, de la clase media y de los ricos, que a pesar de su abundancia material no siempre tienen el cariño y la comprensión que todo ser humano busca.

El Estado paraguayo y la sociedad toda deben tomar conciencia de la necesidad de atender mejor a los menores y comprometerse seria­mente a ello.

Existe un ministerio para atender las necesida­des de niños y adolescentes y otras organizacio­nes oficiales y privadas que trabajan en el sector. Pero está visto que el problema rebasa los lími­tes de su accionar por su extraordinaria mag­nitud, ya que es en gran parte estructural. Si no se combate la causa de la marginalidad fami­liar, el hijo de una familia pobre siempre será un niño sin mayores oportunidades, aunque vaya a una escuela donde le den la merienda escolar. Ninguna medida será totalmente válida si no se ataca el problema de fondo que, en este caso, es la pobreza.

Por eso el futuro de los niños no depende de las acciones aisladas de alguna que otra institución o persona bien intencionada, sino del accionar de la sociedad en su conjunto, con el Estado a la cabeza. Y cuanto se realice, debe abarcar todo el sistema social, político y económico del país. Que es la gran batalla que queda por librar en defensa de nuestros niños.