Demoró al menos 20 años. Sin embargo, luego de más de dos décadas parece que en ambos lados del Atlántico los gobernantes por fin entendieron la importancia de hacer concesiones y lograr un amplio acuerdo marco.
Ya es oficial, los países que conforman el Mercado Común del Sur (Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay) han arribado de manera exitosa a un acuerdo con los 27 países que componen hoy la Unión Europea.
El gran acuerdo entre los dos bloques supone la fundación de un mercado de más de 800 millones de habitantes, casi una cuarta parte del PIB mundial y con más de 100.000 millones de dólares de comercio bilateral. En otros términos, la creación de este espacio de intercambio posibilitará que brasileños, argentinos, paraguayos y uruguayos podrán participar de casi una cuarta parte del PIB mundial.
El pacto interbloque contempla un mayor acceso a los mercados, ya que Europa libera el 100% de su comercio, en contraposición al 90% del Mercosur; se echan las bases también para la eliminación de barreras no arancelarias y facilitación de las exportaciones; en cuanto a los servicios en virtud del acuerdo, los prestadores de servicios de la UE y del Mercosur podrán acceder al mercado de la contraparte en las mismas condiciones que los nacionales.
Asimismo, en lo relativo a la eliminación de las barreras no arancelarias y facilitación de exportaciones, simplifica los protocolos sanitarios, fitosanitarios y normas técnicas, puesto que el acuerdo mejora el acceso al mercado a través del establecimiento de plazos y procedimientos, evitando medidas injustificadas y arbitrarias.
En líneas generales, arribar a este pacto supuso no solamente años de negociaciones, sino también que ambas partes renunciaran a muchos aspectos que hicieron que se postergara la definición.
Pero más allá de los aspectos económicos o comerciales, este acuerdo es mucho más que apenas un pacto, es la vía hacia el afianzamiento de una economía que compita y que a la vez sea dinámica. Es la llave para la mayor generación de empleo y, de esta forma, la aminoración de los altos índices de pobreza presentes en los países de América del Sur.
Los líderes europeos y sudamericanos han comprendido, afortunadamente, que el crecimiento sostenido y el desarrollo que beneficien a todos no son posibles en la individualidad, por caminos separados, sino mejorando el acceso al comercio internacional.
Probablemente, lo que el pacto entre ambos bloques permite es que concibe reglas claras para atraer la inversión, lo que solamente se podrá apuntalar con procesos institucionales de calidad; es decir, que vengan más recursos a la región, o específicamente a Paraguay, requerirá que los países de la región estén a la altura de la calidad institucional que Europa espera de sus pares.
Pero no todo es recibir beneficios potenciales que podría acarrear este compromiso. También hay desafíos de cada uno de los países del bloque regional. Esto es que cada país del Mercosur debe entrar en competencia con los mejores, aunque los plazos establecidos para desgravar aranceles van desde 5 años (en el caso de la UE) y 15 (para el Mercosur).
Al competir con los países más desarrollados de Europa, el compromiso impone sacar a relucir lo mejor de la producción regional o local, a buscar las vías para modernizar nuestros propios esquemas económicos para la generación de empleo y lograr de ese modo una reducción gradual de la pobreza.
Al abrir nuevos mercados, al tiempo de forjar previsibilidad sobre la competencia, el acuerdo entre sudamericanos y europeos es un estímulo para que las empresas de la región, en especial las paraguayas, puedan innovar e inviertan en tecnología y recursos de calidad.
En síntesis, el acuerdo es histórico porque se produce en medio de tensiones comerciales a nivel internacional, lo cual significa un mensaje fuerte a favor del comercio mundial, tal como lo señaló ayer el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, pero es también un desafío para los paraguayos de subirnos al comercio de escala global.

