Hace apenas unos días, a través de los medios de comunicación, conocíamos el caso de un donante que benefició a varias personas de todas las edades. El hecho conmueve profundamente pues se trata además de la decisión de una familia cuyo hijo, de tan solo 22 años de edad, padeció muerte cerebral a causa de un accidente de tránsito. La familia, en un acto que resume lo más alto del significado de la solidaridad, decidió que sus órganos vitales sirvan para dar esperanza de vida a otras personas cuya situación, en lista de espera de transplantes, era de fragilidad permanente.
Así, en un acto de enorme significado humano, los órganos del joven fallecido forman parte de la vida renovada de un niño de ocho años, que vivía esperando un riñón que le ayude a seguir adelante; además de otro niño, de apenas 10 años, que tiene un corazón nuevo que late en su pecho y de otras personas, como un hombre de 43 años, padre de familia, que puede proyectar una nueva manera de seguir adelante con su vida, gracias al otro riñón del joven. Además, están las córneas que devolverán la vista a dos personas más.
Casi siempre, cuando se habla de donación de órganos, recordamos que desde el año pasado está vigente la llamada “Ley Anita”, aprobada luego de un gran debate en el Congreso y también en el seno de la sociedad. Ella establece que cualquier persona mayor de 18 años cuya muerte cerebral fuera comprobada sería considerada donante –salvo que hubiera dejado instrucciones por escrito sobre su negativa– y la familia debe respetar eso. Sin embargo, de acuerdo a declaraciones de los propios médicos responsables del tema transplantes en el país, siempre se respeta la decisión de la familia, tratando primero de hacer con ellos una tarea de información previa, a fin de que entiendan a cabalidad lo que significa donar órganos, para no herir creencias ni susceptibilidades.
Anteriormente a este caso, de acuerdo a las autoridades del Instituto Nacional de Ablación y Transplantes (INAT) ya se dio un caso de un joven donante múltiple que benefició a varias personas. También cabe recordar que hay en el país más de 200 personas esperando un transplante de órganos y que en el registro de donantes ya hay 25 mil anotados luego de la vigencia de la ley. Paraguay está entre los países con menor número de donaciones y eso es un indicador negativo que roba esperanzas a los que aguardan.
Imaginemos por un momento, la difícil situación que se presenta a una familia que repentinamente pierde a un joven miembro, como lo fue en el caso del joven del que se habló en los medios. Ante el dolor inconmensurable que atraviesan sus seres queridos, al ver que no hay esperanzas de vida en ellos, la decisión de donar sus órganos para que más personas puedan salvar sus vidas no debe ser fácil de tomar.
Sin embargo, las experiencias vividas, aquí y en todas partes del mundo, que muchas veces se publican o comparten, dan fe de esa grandeza. Hay miles de ejemplos que conmueven y ponen en primer plano que la capacidad de dar amor –en esta forma tan particular– tiene como consuelo –si es que se puede llamar así–, la certeza de que esa persona que no está más físicamente, trasciende su propia muerte, “viviendo” en otros y, sobre todo, dando esperanzas y multiplicando oportunidades.
Por ello, a pesar de que en nuestro país todavía existen pocos donantes voluntarios de órganos y sigue siendo difícil superar creencias no fundadas en la ciencia y supersticiones, vale no bajar los brazos e insistir con la educación e información sobre lo importante que puede ser un gesto de humanidad y generosidad tan grande.

