Muchas veces, al investigar o leer sobre distintas etapas de la historia de la humanidad, nos encontramos con situacio­nes que causaron grandes pérdidas de vidas. Entre ellas están las guerras que por muchos años han enfrentado a millones en luchas que duraban desde días hasta caso un siglo, con su consecuente pérdida de vidas humanas.

Tam­bién las catástrofes naturales han tenido –y siguen teniendo hoy en día– gran incidencia en la producción de víctimas. Todavía están frescas en nuestra memoria las escenas terri­bles de los terremotos, tifones y tsunamis que afectaron a gran parte del planeta en los últimos años. Miles de víctimas humanas, de todas las edades y condiciones sociales, dan fe de la furia destructiva que puede alcanzar la naturaleza. En estos momentos de la his­toria tampoco podemos olvidar la cosecha de muertes que dejan como resultado los espan­tosos atentados terroristas.

Pero si bien existen situaciones como las antes mencionadas, que han producido y siguen causando la muerte y la invalidez de millones de personas en toda la tierra, tam­bién hay otras que han sido muy importantes años –y siglos– atrás, tan temidas o más que las guerras más cruentas y tan o más doloro­sas que las consecuencias de una catástrofe natural que terminaran con una ciudad o varias en pocos minutos.

Estamos hablando de las pestes, de las gran­des epidemias de enfermedades que arra­saron con poblaciones enteras, que causa­ron durante toda la historia de la humanidad verdaderas tragedias. Enfermedades como la viruela, la difteria; epidemias de gripes graves y grandes cantidades de personas afectadas de poliomielitis, además de millones de muer­tes por tuberculosis o a causa de infecciones.

Esas enfermedades que mataron o dejaron con graves secuelas a millones de personas en el mundo fueron controladas y eliminadas, en muchos casos, gracias a la tarea de los cientí­ficos que lograron, de distintas maneras, con­cebir las vacunas que, una vez inoculadas en las personas, evitaron que las enfermedades se adueñen de sus cuerpos.

Luego de muchos años de lograr mantener a raya las enfermedades de gravedad, que por siglos aterrorizaron a la humanidad, hubo quienes cuestionaron –basados en una información que luego se comprobó que era inexacta– la eficacia de las vacunas para con­trolar las enfermedades. Inclusive se llegó más lejos, afirmando que estas “pueden pro­ducir” enfermedades. Más tarde se comprobó que esa teoría era inexacta, además de teme­raria, pero el daño ya estaba hecho.

La respuesta que tenemos ante los ojos ahora son los casos de sarampión –una enfermedad erradicada por la vacuna en muchos países– que aparecen en muchos lugares del mundo, con un alto nivel de morbilidad y mortalidad y el peligro de que se propaguen otras enfer­medades graves por falta de prevención. En Europa se ha llegado a exigir la vacunación para admitir a niños en escuelas y guarde­rías, ya que el regreso de las patologías es muy marcado en zonas en las que había muchos chicos sin vacunas.

Por eso es muy importante que seamos tan abiertos a la información que llega a través de los medios, muchas veces sin chequear, pero por sobre todo que nos tomemos el tiempo para aprender de la historia, de quienes la vivieron y padecieron y de lo que la ciencia, hoy por hoy, aporta a nuestras vidas a través de la prevención de todo tipo de enfermeda­des.

Hoy por hoy existe en los planes de vacuna­ción de niños una extensa gama de elemen­tos de protección para las distintas patologías que en la niñez suelen afectar con mayor gra­vedad. Usar las herramientas a disposición, que además no tienen costo alguno para los padres y responsables, es un acto de respon­sabilidad que debemos tomar en cuenta para proteger tanto a nuestros hijos como a los demás.

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