Apenas comenzado el año escolar, se desnudan ante la opinión pública los distintos aspectos de una problemá­tica que lleva décadas, ligada estre­chamente a los tiempos en los que la educación no ocupaba mucho espacio en los desvelos de los que ostentaron el poder político en el país. Es importante tener presente que en los últi­mos años se ha trabajado con mayor serie­dad en mejorar el nivel de la educación que se imparte en las escuelas y colegios públicos, a través de mayor preparación de los docentes y apoyo a la formación de los mismos –becas, for­mación constante, cursos, etc.– y también se ha trabajado con más dedicación en la inversión del PIB en ese rubro, adelantando varias posi­ciones en el ranking de países con mayor inver­sión en educación. Recordemos que en el 2016, el presupuesto de Educación se incrementó en un 126%, lo que lo acercó más al objetivo mar­cado por el PNUD de lograr la inversión del 4% del PIB del país en educación para el 2020.

Sin embargo, hay tareas pendientes que tienen que ver con la calidad de la enseñanza y, sobre todo, con la capacitación y modernización del sistema. Hoy por hoy, los niños en edad esco­lar de muchas zonas del país aún deben pade­cer las penurias de asistir a clases en edificios escolares de poca o nula seguridad, con graves problemas sanitarios y peligrosas construccio­nes de mala calidad, producto, en la mayoría de los casos, de la falta de control y, sobre todo, de la mala voluntad –por llamarla suavemente– de quienes han administrado los recursos del Fonacide en esas zonas.

Por otra parte, el apoyo de materiales y úti­les escolares que llegan a dichas escuelas, especialmente a las de zonas más vulnera­bles, representan un importante aporte, que muchas veces a la distancia, en la capital o ciudades más grandes, no somos capaces de dimensionar en toda su magnitud. Es muy importante el acceso a materiales de apoyo para los docentes que desempeñan sus tareas superando los límites de sus obligaciones. Esos maestros cuyo trabajo vocacional es funda­mental para la vida de sus alumnos y les abre la mente y les permite vislumbrar una vida mejor, entregándoles más que horas de clase.

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Todos conocemos y deberíamos valorar en su justa medida el poder transformador de quien se encarga de educar a los niños y niñas con verdadero espíritu docente y convierten a la escuela y al tiempo pasado allí en un mundo sin límites para la mente y un apoyo en el desarro­llo integral de los niños. Es inestimable el valor de lo que se recibe como persona, de ese gran tesoro que es tener la guía de buenos maestros en la niñez y la adolescencia.

La escuela debe dejar de ser para todos los que habitan en una comunidad, barrio o ciudad algo “ajeno” que solo importe a los que reci­ben allí su formación y a sus padres. Debería ser cuidada y protegida por todos como ver­daderos espacios de todos, en los que los más pequeños y jóvenes se formarán para enfren­tar la vida dentro de la misma comunidad o, tal vez, lejos de ella, pero llevando para siempre el sello indeleble de lo que recibieron en esa etapa tan importante de sus vidas: la infancia y la adolescencia.

Así como se nos invita a proteger a la niñez de todo tipo de violencia y abusos, deberíamos asumir también la responsabilidad de pro­tegerla en el ámbito educativo y promover el apoyo a las escuelas de cada zona, sintiendo que son una parte vital de las mismas. Hay una gran variedad de posibilidades, como propo­ner actividades de cuidado edilicio, manteni­miento y seguridad. También ayudando con tareas comunitarias como la creación y for­mación de huertas; aportando la enseñanza de disciplinas de arte o de oficios, de depor­tes, que algunos miembros de las comunidades conozcan y puedan transmitir como una acti­vidad extracurricular, pero bienvenida para la formación de los educandos y sus familias. Sin duda, se podrá lograr el descubrimiento y la promoción de muchos talentos que segura­mente, de otra manera, quedarían ocultos a los ojos de los demás.

En tiempos como estos, tan maravillosos en tecnología, en los que estamos conectados con todo el mundo en instantes, por más lejos que estemos unos de otros, sería muy positivo redescubrir las posibilidades que se pueden abrir ante nuestros ojos al despertar la curio­sidad y la capacidad de los niños y adolescentes con actividades complementarias que apoyen el conocimiento mutuo y el trabajo en equipo. Eso puede ser un instrumento vital para cons­truir una base sólida para mejorar el conoci­miento formal, pero, sobre todo, una riqueza imposible de medir en cuanto a lo aprendido en una relación humana de mutuo respeto y sin­cero intercambio de ideas.

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