Cada vez que a través de los medios masivos de comunicación, incluyendo por supuesto las redes sociales, nos enteramos de un caso de violencia ejercida contra los niños, nos estremecemos. Nada duele más que ver o conocer el sufrimiento de la niñez, víctima de diferentes formas de abuso.Como sociedad, sin embargo, hasta hace poco tiempo –algunos dirán que todavía es así– somos proclives a naturalizar cierto tipo de abuso, como el castigo físico “leve” como forma o sistema que apunta a lograr que los niños y niñas se adapten y sigan normas de conducta que los mayores consideramos como “correctas” . Frases tan dichas o escuchadas en diferentes ámbitos, como “La letra con sangre entra”, no son originarias de estas tierras, ya que el castigo físico como las palmadas en los glúteos o los golpes con regla de madera en los dedos de los pequeños era una manera de castigo aceptada inclusive en algunas sociedades mucho más avanzadas y desarrolladas de Europa. Por suerte –o gracias a la comprensión del valor del buen trato para alcanzar objetivos reales en la educación– este sistema de abuso tolerado como forma de enseñanza ha sido abolido y es castigado.

Cada vez que los medios reflejan los casos de abuso contra menores, solemos reclamar mucha más dureza de las leyes, pidiendo castigos ejemplares y hasta hay quienes afirman que solo la pena de muerte puede caber como punición para los abusadores. Sin embargo, por otra parte, nos queda mucho camino por recorrer, a pesar de lo mucho que se ha avanzado en la tarea de proteger a la niñez y la adolescencia.

La Ley 1.680/01, Código de la Niñez y la Adolescencia, fue un logro muy importante en ese sentido. Costó mucho tiempo, trabajo y esfuerzo por parte de quienes dedican su vida a crear un sistema de protección real y posible para los más débiles en la escala de habitantes de un país: los niños. La ley vigente, con sus diferentes modificaciones o aportes de otras leyes, es hoy por hoy un instrumento muy útil para la Justicia y las distintas instituciones involucradas en la protección a la niñez. Antes, poco o nada de valor se le daba al niño como individuo capaz de expresar su pensamiento y sus sentimientos ante dichas instancias. Los sufrimientos, en la mayoría de los casos, solo se detenían por la audacia de la intervención de personas de buen corazón, que hasta pagaban caro a veces el “atrevimiento” de interpelar a los responsables del cuidado de los menores, que eran en realidad sus crueles victimarios.

Han ocurrido y, por desgracia, siguen ocurriendo casos realmente dolorosos y estremecedores. Niños y niñas abusados, torturados y viviendo verdaderos infiernos a diario en poder de quienes tienen el deber de protegerlos: padres, padrastros, abuelos, tíos, maestros, amigos, vecinos, religiosos de cualquier signo. La tragedia vivida en la niñez se convierte en una herida que no cicatrizará fácilmente y que acompaña a cada niño o niña por siempre. Muchas veces nos duele encontrar el origen de una vida llena de crueldad hacia los demás en una infancia dolorosa de víctima de abuso.

Por eso, además de las leyes y el sistema de protección que están disponibles en la actualidad, la sociedad toda tiene la gran responsabilidad de asumir el cuidado de la niñez, sin importar si los que están padeciendo alguna situación semejante son o no parientes o conocidos. Ante un hecho de violencia hacia los niños debemos evitar caer en la trampa de pensar que sus padres o mayores tienen derecho a ejercer sobre ellos el castigo porque la vida de los niños es propiedad de los mismos. Todos somos los responsables de velar por la niñez, desde cualquier lugar en donde estemos y es bueno recordar que nuestra intervención, por pequeña que sea, puede significar un cambio tan importante en la vida de ese niño que estamos protegiendo.

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