En este mes comienza de nuevo el año lectivo de la educación en nuestro país. Ya se están iniciando las clases en algunos colegios del sector privado y en días más lo hacen las instituciones que dependen del Estado. Volverán a clases más de un millón y medio de niños y jóvenes en la movilización social más importante de todo el país de cada año. Y junto con la esperanza y la ilusión de progreso que implica el aprendizaje institucional para la porción más delicada de la población del país, vuelve también al tapete el siempre presente problema de la educación paraguaya, su cuestionada calidad y su precariedad, sobre todo material, por la gran cantidad de locales escolares en mal estado.

Estudios realizados por organismos especializados sobre la condición de la educación en nuestro país han señalado numerosos defectos en la enseñanza que se evidencian en el resultado final. Pues se ha notado en los niños y jóvenes carencias importantes que son atribuibles a defectos estructurales.

El resultado final ha sido que la mayor parte de los jóvenes que salen de las instituciones educativas tiene deficiencia notoria en su formación académica que se nota apenas se la pone a prueba. Es por ello que indefectiblemente deben hacer cursillos especiales para poder ingresar a las universidades que tienen ciertas exigencias para inscribirlos. Por eso ya es un clásico en nuestro país hacer los famosos cursillos de ingreso para nivelar el grado de conocimiento científico de los que se postulan para entrar en las facultades más rigurosas.

El tema de la calidad de la educación es un asunto de gran trascendencia que tiene que ser abordado con mayor seriedad porque involucra no solo al Estado, sino también a los docentes y a las familias.

Como toda actividad humana, la calidad de la educación depende principalmente de la de sus actores, en este caso de los educadores. En las instituciones en que trabajan educadores bien formados, el nivel académico es superior al de las entidades con docentes menos calificados. Por eso es muy notoria la diferencia entre los jóvenes egresados de ciertos colegios privados reconocidos por su seriedad y de los que salen de muchas instituciones públicas.

Esto obliga a poner el acento en el nivel profesional de los docentes cuando se piensa en la calidad de la educación. Y cuando se habla de reforma educativa con el propósito de mejorar la educación paraguaya, hay que acentuar necesariamente que ese propósito debe comenzar con los docentes cuya calidad, en general, deja mucho que desear.

Es muy importante que el Gobierno ponga a punto las centenares de escuelas públicas derruidas, que arregle las aulas, los edificios e instalaciones académicas para albergar cómodamente a alumnos y maestros. Pero es de mayor relevancia que se ocupe de la formación de los docentes si se pretende elevar la educación paraguaya a los niveles que se requieren. Porque si hoy la educación en nuestro país es deficiente se debe en gran medida a la cuestionable calidad de la mayoría de los docentes: es muy difícil que un semianalfabeto, que no lee libros ni procura mejorar sus conocimientos, pueda resultar un buen educador. No se trata solo de su preparación pedagógica o sus habilidades didácticas, sino también de su grado de cultura general para poder transmitir el conocimiento de manera adecuada.

Por todo ello, el papel del Estado a través del Ministerio de Educación y Ciencias es de fundamental importancia, concepto que este gobierno parece no haber captado aún. Por eso ha puesto como ministro a alguien que no tiene la calificación requerida para administrar adecuadamente tan importante cartera. Así como no se puede poner al frente del Banco Central a alguien que no conozca de finanzas, no se puede dejar la tan delicada función de la educación en manos de alguien que no califica para esa tarea.

Estamos a inicios del año escolar y los paraguayos debemos exigir que el Gobierno y las autoridades competentes tomen en serio la gestión que les incumbe y se preocupen y actúen con eficiencia para mejorar la educación.