Hacia finales de la semana pasada, desde el Ministerio de Salud Pública se emitió un comunicado con la actualización de los casos confir­mados de dengue y chikungunya en lo que va de este año. La Dirección de Vigilancia de la Salud, a cargo de monitorear y advertir sobre los casos y la situación de dicha enfermedad, ha advertido que los 60 casos confirmados de dengue y los 6 de chikungunya, que se tienen registrados, son una advertencia muy seria para todos en esta etapa del año.

Lejos de convertir a la cifra mencionada como una expresión de la poca incidencia de la enfer­medad transmitida por el aedes aegypti, debemos tomar muy en serio la presencia de los distintos serotipos de dicha afección, especialmente por­que se ha detectado, luego de tres años de ausen­cia, la aparición de uno de los tipos más peligro­sos y graves, el Den2, que está circulando en la actualidad. Tampoco podemos dejar de mencio­nar que, si bien son hasta ahora 66 los casos con­firmados, en el mismo periodo del año en curso se tienen 1.800 casos sospechosos y se presentaron en un promedio semanal de 437 casos.

¿Qué significan esas cifras en el contexto de la realidad que hemos vivido en determinadas eta­pas de los últimos años? Lejos de estar hoy en día en una situación de grave epidemia como la vivida en el 2012, con más de 10 mil casos, el pro­blema está presente y el peligro latente, teniendo en cuenta que queda un largo trecho de verano y de un otoño que en nuestro país suele ser particu­larmente húmedo y cálido. A ello, hay que sumar la actual constancia de la aparición de casos sos­pechosos, que nos hablan claramente de la pre­sencia de dichas enfermedades, que pueden cre­cer enormemente si no tomamos conciencia del arma principal para combatir su presencia.

Esa arma es nada más y nada menos que la eli­minación de criaderos del mosquito transmisor. La única forma de evitar más desgraciados casos de pérdida de vida o de momentos difíciles y de internaciones; de problemas de hidrocefalia en bebés, en el caso de aparecer casos de zika y de lo difícil de convivir con las consecuencias de la chikungunya durante largo tiempo.

Más allá del cuidado personal, que implica el uso de repelentes, de no exponerse en horas de mayor incidencia, hay medidas que por repeti­das constantemente nos suenan a letanía vacía. Sin embargo, tenerlas en cuenta no solo pue­den evitar la enfermedad en nuestra casa, sino el de salvaguardar la vida de nuestra familia y vecinos. Por eso, aunque suene a “muy dicha”, debe seguir siendo una novedad para nuestros sentidos y digna de atención la frase que dice “sin mosquitos, no hay dengue”. Y poner inte­rés en actos sencillos y hasta casi mecánicos, que alcanzan una efectividad muy alta cuando se los internaliza y se convierten en rutinarios y mecánicos en nuestra vida diaria.

Convencernos de emprender como una rutina familiar, también en los lugares de trabajo y espacios públicos, gestos sencillos como el regreso del uso de los mosquiteros y de mante­ner la limpieza de floreros, bebederos de anima­les domésticos. Encarar como algo habitual la limpieza de los patios y la eliminación periódica de cualquier tipo de recipiente –por pequeño que sea– expuesto al agua de lluvia o de riego, harán la diferencia. Y, en casos de detectar bal­díos abandonados, ramas y basura abandonadas en la vía pública, tomarnos la molestia de cap­tar o denunciar ante las autoridades municipa­les y por qué no, acudir a las comisiones veci­nales, que deberían tener como prioridad en estos momentos la vigilancia y el cuidado de los barrios en los que todos debemos convivir.

Bajar la guardia ante la presencia del dengue, que es para que entendamos, una enfermedad endémica en el Paraguay, que presenta etapas o momentos de epidemias y que ha causado muer­tes de personas de todas las edades, es un acto suicida. Para refrescar nuestra memoria con algunos datos útiles sobre el punto, podemos citar por ejemplo que la epidemia de dengue del 2013 en Paraguay fue un brote epidémico con­siderado como el peor registrado en la histo­ria del país. Según las cifras de la Dirección de Vigilancia de la Salud y del propio Ministerio de Salud de Paraguay, se confirmaron más de 150 mil casos y 252 fallecieron, en un país de solo 6,7 millones de habitantes.

Esto, sumado a los muchos casos que comen­zaron a presentarse desde el 2007 –y antes con casos más aislados– nos debe dar la pauta de la importancia del cuidado que debemos asumir todos los ciudadanos en esta lucha. No podemos permitir que la desidia de unos, como los que crean verdaderos vertederos clandestinos de basura en las calles, los que no mantienen lim­pios sus patios y baldíos, sean la causa del dolor de muchas familias paraguayas. Por ello, las autoridades y las comunidades de vecinos deben actuar en forma coordinada y sobre todo, cons­cientes de su responsabilidad.