Si hay una etapa en la vida de las personas que tiene una influencia extraordinaria en su futuro de adulto, es la niñez. Quie­nes se ocupan de estudiar los comporta­mientos humanos y sus problemas de relaciona­miento con otras personas y su comportamiento social hacen hincapié en la importancia de las vivencias y experiencias atravesadas en su infan­cia, cuando su fragilidad y dependencia de sus padres, familia cercana y entorno, fue mayor.

La niñez tiene una trascendencia muy fuerte y especial en lo que seremos como personas, desde el momento en que pisamos el umbral de la juventud y la adultez, ya que traemos ese equi­paje con el que emprenderemos el viaje de la vida, cargado de lo que recibimos como herencia de esa etapa de la vida.

Por eso, hablar de la necesidad de proteger a los niños y niñas desde sus primeros momentos de vida no debe quedar solo en nuestros pensa­mientos o en los discursos y promesas en tiem­pos de campaña o en actos oficiales. Todas las personas debemos saber que es nuestra respon­sabilidad el cuidado de la niñez que nos rodea, más allá de que seamos o no familiares de los mismos, vecinos, educadores, etc. No podemos permitirnos mirar para otro lado, cuando perci­bimos que algún niño o niña es objeto de casti­gos, abusos de todo tipo y transcurre su niñez en condiciones desfavorables, de abandono o en un ambiente hostil y cruel.

Las leyes que protegen a los niños y niñas de todo tipo de abuso están vigentes y también existen las instituciones que se dedican a cum­plir y hacer cumplir con las mismas. Lo que nos corresponde como ciudadanos y ciudadanas de todas las edades y ocupaciones es estar atentos a cualquier situación que nos resulte sospechosa de maltrato o abuso hacia los menores, denun­ciando ante las instituciones correspondientes la misma, sin pérdida de tiempo. Hoy por hoy existen maneras de denunciar ese tipo de abu­sos, inclusive de forma anónima, a través de la línea Fono Ayuda 147, que atiende las 24 horas y es totalmente gratuita para todo el país.

Si queremos vivir en una sociedad más justa, con menos violencia, es vital que nos conside­remos también protagonistas de ese cambio, desde el lugar que estemos, sin importar nada más que proteger a la niñez, aunque sea de quie­nes tienen la obligación de prestarles cuidado. Nada más cruel y difícil de superar en la vida de un niño o niña, que ser víctima de abuso y/o violencia por parte de su entorno cercano y que nadie escuche lo que muchas veces gritan en silencio o guardan en su mente. Más de una vez, conocemos casos terribles de personas que ejer­cen violencia contra sus familias o hacia otras personas y llegan a delinquir gravemente, que guardan el secreto del horror vivido –y revivido en su madurez– de la violencia sufrida en su pro­pia infancia.

No mirar para otro lado, cuando la realidad nos interpela con su carga de dolor en el rostro de la infancia. La realidad en nuestro país, al igual que en otros de la región, es más que significa­tiva en ese sentido. Según datos estadísticos, en el Paraguay más del 52% de los niños son casti­gados con violencia. En ese estudio, realizado en forma conjunta entre el Ministerio de Salud y Unicef, publicado en el 2017, se destacaba que muchas formas de abuso y violencia, castigos físicos y psicológicos contra los mismos son asu­midas como “naturales” y parte de la formación educativa de los menores. Esto representa un problema de salud física y mental para los niños y niñas, además de ser un manifiesto de un grave problema social.

Educar y educarnos para la no violencia; involu­crarnos en la tarea de la prevención de los abusos hacia los niños y niñas, es una tarea que debe­mos asumir muy seriamente como sociedad, si no queremos un futuro en el que la escalada de violencia rinda sus tristes frutos, repitiendo el modelo y reproduciendo lo vivido en crueldad, maltrato y abuso hacia los propios hijos, femini­cidios y todo tipo de actos delictivos.

La campaña llevada a cabo por la Secretaría de la Niñez y la Adolescencia, invitando a no callar ante los hechos de abuso y denunciarlos, desde cualquier espacio que ocupemos en la sociedad, será exitosa cuando todos asumamos el reto de no tolerar situaciones que pueden demostrar o dar una pista sobre el posible padecimiento de niños, ya sean castigos físicos y trato inhu­mano con el que muchos padres y familiares dicen “educar” a los niños, hasta los graves casos de abuso y abandono de deber de cuidado a los que son sometidas niñas y niños por su propio entorno familiar o personas cercanas.

Asumir a cada niño o niña como “propios” es un primer y necesario paso hacia el cambio cultural y social que debemos encarar con determinación y responsabilidad ineludible. De todos depende construir una sociedad más sana y adecuada en la que cada niño o niña desarrolle todo su poten­cial, en el marco de protección y cuidado que se merecen.