En los últimos meses, el ejercicio de la política ha tenido en Para­guay un desvío pernicioso y nocivo que tiene que ver con la deplorable práctica de tomar represalias contra el ene­migo coyuntural.

Esta perversa práctica es perniciosa, puesto que la resolución de las disputas, que deben dirimirse en el campo electoral o en el de las ideas, eventualmente, casi siempre salpican a otros ámbitos que exceden el partidario y allí pasan a convertirse –lamentablemente– en un problema mayor, a veces de carácter nacional.

Cuando una disputa interna pasa a ser cues­tión de Estado, cuando se vulneran las fun­ciones y facultades de un poder, contami­nando de presiones a los órganos de justicia, cuando el brazo largo y degradante de esta coacción se extiende al Ministerio Público o cuando las amenazas de despido o de no renovación de contrataciones en la adminis­tración central se hacen reales, con el conse­cuente drama de desempleo para cientos de personas, entonces la cosa deja de tener gra­cia y pasa a ser muy seria.

Y esto es nocivo para el funcionamiento de una República. Esto es lo que ha pasado en los últimos meses a nivel interno en el Par­tido Colorado, donde el oficialismo en el gobierno ha pergeñado una campaña siste­mática de sometimiento a la dirigencia de Honor Colorado que ha incluido precisa­mente un acoso permanente a aquellos diri­gentes o caudillos que responden al movi­miento liderado por el ex presidente Horacio Cartes. Este acoso se ha dado en la misera­ble forma de una persecución, ya sea descon­tratando a aquellos funcionarios públicos no alineados con Colorado Añetete (según los datos hubo más del millar de desvinculacio­nes con el Estado y que estas personas, en su mayoría, respondían a Honor Colorado), así como también el acoso a través del garrote de la Justicia.

Esta semana, legisladores de ambas cáma­ras del Congreso y que simpatizan con la disidencia colorada, ratificaron una vez que esta persecución está no solo en marcha, sino gozando de muy buena salud, con más vigor y con más saña en el curso de los últi­mos meses. Y una prueba de ello es la impu­tación fiscal contra el senador Javier Zaca­rías Irún y de su esposa, Sandra McLeod, quien por cierto soporta su propio calvario con el caso de la intervención a la Municipa­lidad de Ciudad del Este, en donde es inten­denta en suspenso.

El caso de Zacarías Irún es una muestra, sostienen en Honor Colorado, de esta perse­cución. Es imputado por declaración falsa, cuando el dirigente esteño no ejerció la fun­ción pública en los últimos 11 años, salvo desde julio pasado cuando asumió como senador.

Los despidos y descontrataciones así como el uso de la Justicia (jueces y fiscales) como garrote político tiene el claro objetivo de debilitar la disidencia, y que la camarilla que rodea al Poder Ejecutivo no tenga barreras para “gobernar” de acuerdo a sus intereses, que no son precisamente los intereses de la ciudadanía.

Pero no hay que callar que esta práctica siniestra tiene un costo y produce un daño tremendo a la institucionalidad que el actual gobierno asegura es su mayor logro en estos casi seis meses de gestión. El perjuicio que infligen es tremendo, puesto que vulneran los principios de separación de los poderes, para controlar la Justicia y utilizarla a su antojo.

La ley debe ser para todos y no un mero ins­trumento al servicio del poder. El Paraguay del siglo XXI no puede conducirse con una justicia selectiva, pues el mensaje que se emite, tanto dentro como fuera del país, es el de absoluta irresponsabilidad. En definiti­vas, se trata del funcionamiento de la Repú­blica y de librarnos de prácticas que solo se explicaban en tiempos en que la dictadura de Alfredo Stroessner se consolidaba.

Esa dictadura formalmente cayó hace 30 años, hoy es tiempo de derrocar también la práctica perversa de la Justicia selectiva.

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