Con la llegada de las temperaturas extremas que caracterizan a nuestro verano, el consumo de energía eléctrica se dispara poniendo a prueba a la Ande y su infraestructura. En los últimos días se produjeron una vez más los irritantes cortes de energía eléctrica en diferentes puntos del país. Se trata de un fenómeno cíclico que se registra en cada verano, causando malestar y diversos inconvenientes.
A pesar de que el aumento sustancial del consumo es perfectamente predecible, poco y nada es lo que se ha avanzado para evitarle a la ciudadanía los problemas derivados de los cortes en el suministro. Los bruscos cortes de energía continúan afectando a la población, que debe enfrentar como puede los rigores del calor. El asunto perjudica también a la Ande, que anualmente debe pagar millones de guaraníes en concepto de reposición de equipos y electrodomésticos averiados como consecuencia de los apagones o de la baja tensión. A las fallas en las maquinarias, se suma otro problema muy grave para la Ande: las conexiones clandestinas. El robo de energía es un hecho muy común, sobre todo en poblaciones rurales o en asentamientos urbanos precarios. Le urge a la empresa estatal encontrar los mecanismos para formalizar este consumo irregular que le genera grandes pérdidas y que afecta también a quienes pagan regularmente por el servicio.
El asunto de la interrupción del suministro no pasa naturalmente por los niveles de producción de energía de nuestro país. Las hidroeléctricas binacionales generan electricidad en cantidad más que suficiente para garantizar el abastecimiento de nuestra nación. Ciertamente, en algún momento en el futuro cercano nuestro país tendrá que desarrollar más fuentes de energía, pero por el momento la provisión es abundante y segura. Si el problema no está en la producción de energía, tampoco puede estarlo en la demanda. Itaipú y Yacyretá generan volúmenes de electricidad más que suficientes para aprovisionar al mercado paraguayo, incluso en caso de un crecimiento exponencial del consumo.
El problema radica en realidad en los sistemas de transmisión y las redes de reparto, tanto de los grandes centros de distribución como de las estructuras menores, como los transformadores y el cableado urbanos. La obsolescencia de estos aparatos, equipos y sistemas es reconocida por los técnicos de la Ande. Las inversiones en el sistema eléctrico nacional no deben limitarse a la construcción de grandes instalaciones –necesarias, desde luego– sino que también deben llegar a los barrios, hasta el último eslabón antes de las conexiones domiciliarias. Solo así se evitarán a la ciudadanía los padecimientos de la falta de luz.
Es de esperar que las acciones de la Ande se enmarquen en una perspectiva estratégica, ajustada a un plan y no sean simplemente parches temporales. Este espíritu –la búsqueda de soluciones definitivas a los problemas– debería animar a toda la gestión del Estado, donde lamentablemente prevalecen las acciones a medias o a corto plazo y donde los mejores proyectos caen en el olvido cuando cambian los gobiernos o los funcionarios. Paraguay es uno de los mayores productores de energía per cápita del mundo, pero esta condición no pasa de ser una estadística, ya que la energía no llega con seguridad a todos los hogares. Se trata de una paradoja que el país puede y debe superar mediante programas de inversiones racionales y realistas.

