Cada año, antes de la Nochebuena, sole­mos hacer especial mención a la nece­sidad de atravesar estas fiestas con alegría, pero teniendo en cuenta el valor de la prudencia para que las mismas trans­curran con normalidad.

En el afán de lograr cumplir con los diferentes rituales que imponen las costumbres, solemos priorizar lo mundano, lo que imponen las modas que llegan desde diferentes puntos del mundo globalizado, antes que aprovechar las horas libres de compromisos laborales para cumplir con nuestras propias necesidades afectivas y familiares. A pesar del agobio de unas semanas previas de intenso trabajo y múltiples compro­misos, asumimos más ocupaciones, encarando tareas que implican más esfuerzo y gastos, en lugar de dar espacio al descanso, a los momen­tos de reflexión y a compartir la riqueza de los encuentros, sin que importen demasiado los cos­tos de los obsequios o el menú festivo.

Es cierto que es bastante difícil, en estos tiem­pos en los que estamos hiperconectados y reci­bimos una verdadera tormenta de propuestas tentadoras, aprender a discriminar con éxito lo que realmente nos ayudará a ser más felices y sentirnos más plenos. Sin embargo, en medio de la abundancia de ofertas especiales por Navidad, existen propuestas que van ligadas a la verda­dera esencia de esta fiesta de la Natividad, que no requieren de grandes sacrificios monetarios.

A lo largo y ancho del país, hoy por hoy, existen cientos de personas que están realizando acti­vidades destinadas a ayudar a que la soledad y el abandono de quienes viven en situación de calle, pasan sus días en albergues o están en diferen­tes centros de atención a la salud, sean menos dolorosos para ellos. Tal vez, si nos ponemos en la tarea de averiguar cómo acercarnos a ellos e invitemos a los miembros más jóvenes de la familia a acompañarnos en dicha misión, nos sorprendamos con los resultados beneficiosos de esa nueva aventura. La inversión será más en tiempo y en afecto que en metálico y tal vez nuestra ganancia sea tan significativa que dejen de importarnos demasiado los detalles insigni­ficantes por los que solemos distanciarnos entre familiares o amigos.

Se dice que la Navidad, tanto para los cristia­nos como para los que no lo son, representa un momento de pausa, de tregua en la lucha por la sobrevivencia. Navidad es la tregua más impor­tante del año, en la que vale la pena intentar tomarse unos instantes para respirar, pensar y valorar en positivo lo mucho que poseemos como personas, más allá de lo que tenemos como patrimonio.

La riqueza que podemos regalar a los demás será proporcional a la que sepamos encontrar en nuestros propios corazones y en nuestras mentes. Si la traducimos en amor genuino, en voluntad de servir al prójimo, seamos podero­sos o sencillos, habremos ganado mucho más que el abrazo de nuestros seres más cercanos o los saludos protocolares de quienes comparten nuestro espacio profesional o laboral.

La idea es producir en nuestras mentes ese espa­cio para la pausa activa, la que nos invita a dar el primer paso hacia el perdón que debemos pedir u ofrecer; a buscar ese abrazo demorado por el rencor o las diferencias de pensamiento de viejos amigos y familiares. Una pausa para mirar a nues­tros padres e hijos a los ojos y decirles con pala­bras y hechos que no somos perfectos, pero que el amor que tenemos para darles es nuestro mejor obsequio y que lo podrán usar durante todo el año.

Entonces, luego de que se apaguen las luces de colores y se silencien las campanillas de los villancicos y canciones, podremos decir que hemos aprendido el sentido verdadero de esta fecha en la que por encima de todo lo demás, se festeja el triunfo del amor familiar y el que pode­mos ser capaces de sembrar en el mundo.

Es nuestro deseo compartir con las familias que habitan este suelo y los compatriotas que están en cualquier sitio del mundo, el deseo genuino de una Feliz Navidad en la que reinen la paz y la armonía.

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