La vorágine de las últimas semanas del año parece abarcar todos los aspectos de nuestras vidas. En este mes -diciem­bre- la gran mayoría de los mortales estamos sometidos a un nivel de presión extraor­dinaria y generalmente muy superior al de otra época del año. Compromisos y deberes se super­ponen cada día de la semana, quitando horas del descanso necesario para reponer fuerzas y acu­mulando un nivel de agotamiento que nos desafía a cada paso.

En estas fechas, los esfuerzos de la mayoría se dedican a poner el cierre al año laboral, hacer balances y hasta definir las prioridades del año próximo, aunque este aún no termina de exigir­nos nuestra atención y también nuestras accio­nes. A la par de estar definiendo la agenda del 2019, seguimos llenando los “casilleros vacíos” del 2018 y apurando el ritmo para llegar casi ile­sos a los primeros días de enero próximo.

Los estudiantes de todos los niveles están feste­jando -o lamentando- los resultados del año esco­lar y más de un universitario estará hoy subiendo la empinada cuesta de los últimos exámenes de la carrera o, por lo menos, del curso, con lo poco que le queda de energías para cumplir con ello.

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A través de los medios recibimos los mensa­jes más contradictorios sobre cómo vivir en paz estos momentos y dejar de lado la carrera con­sumista que nos obliga a comprar todo lo que encontramos a nuestro paso, al mismo tiempo que nos acosa el más intenso -y lógico- bombar­deo publicitario, que nos tienta a gastar más que nunca en el año, pues así deben ser las cosas.

Encontrar el equilibrio es una tarea tan difí­cil como improbable en estos días, y más de una vez estamos tentados a decir No a situacio­nes que nos ponen a elegir entre seguir con la carrera contra el tiempo y el reloj o dejar que la vida fluya, como dicen los consejos de los sabios orientales. Equilibrio es una palabra que hoy por hoy nos suena más a la necesidad de mantener­nos erguidos mientras caminamos sobre una delgada cuerda tendida sobre el vacío, antes que a la balanza en perfecta armonía por sostener en sus platillos la carga repartida equitativamente.

Mantener el equilibrio y sostenernos en medio de tanto ajetreo es el desafío de cada diciembre en el que, luego de colaciones, cierres de curso, exámenes, planificación de las vacaciones, crisis familiares y otras cuestiones, también conta­mos los días que nos faltan para llegar a las fies­tas de Navidad y Año Nuevo. Esos días a los que llegamos en un estado que poco tiene que ver con la reflexión y la paz serena, sino montados en un torbellino de más compromisos, aunque estos tengan más que ver con las obligaciones fami­liares y ya no laborales ni profesionales. Y en ese tema hay tanta tela que cortar como historias que no siempre son de amor y paz.

Por eso, tal vez el consejo más sabio que nos pue­dan dar en esta época del año sea el de tomar las cosas de una forma más serena, tratando de dis­criminar lo que es realmente importante y tras­cendente para nuestras vidas y lo que podemos obviar -o evitar- para aliviar el estrés que nos acosa con sus mil rostros y formas.

Parece sencillo, pero no lo es. Y una de las mane­ras de lograrlo -dicen los que saben de salud mental- es aprender a abrir mano de las costum­bres repetidas por inercia y aprender a disfrutar de otras cosas. Cosas tan sencillas como dejar de mirarnos a nosotros mismos con nuestras pro­pias falencias para regalarnos la posibilidad de ayudar a quienes no la están pasando bien. Hay cientos de niños, ancianos, personas con proble­mas de salud y gente que no tiene familia o vive en situación de vulnerabilidad, a la que podría­mos acercarnos para regalarles el abrazo solida­rio.

Hay vecinos nuestros a los que no conoce­mos ni saludamos, a los que probablemente les haga falta que les invitemos a compartir nuestra mesa. Hay muchas miradas que devolver con afecto, lo que siempre se recibe de regreso con un interés sideral que no cabe en ningún banco. Tal vez, aunque sea una meta difícil de lograr, estos días de diciembre sean la mejor época del año y de nuestras vidas para cumplir con nues­tros objetivos personales y profesionales, pero también el mejor momento para desafiarnos a alcanzar la mayor altura de nuestra propia humanidad.

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