Uno de los asuntos más cuestionables del gobierno del señor Mario Abdo es el rumbo que está imprimiendo a su política exterior, que está cargada de decisiones muy poco felices para las relaciones internacionales del Paraguay. Porque en menos de cuatro meses al frente del Ejecutivo ha demostrado una increíble impericia para acercarse a algunos de los verdaderos amigos del país y un notable entusiasmo para rodearse de la cercanía de naciones que dejan mucho que desear por su práctica democrática y que están tachadas por ello por las principales potencias de Occidente.
Por eso no es de extrañar que uno de los primeros jefes de Estado que ha llegado al país sea nada menos que el de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, actualmente muy cuestionado por cercenar las libertades democráticas en su país y por albergar a centenares de civiles, muchos de ellos periodistas, como presos políticos en las cárceles de esa nación. Según las Naciones Unidas, cerca de 600 mujeres con niños pequeños estaban aún detenidas a comienzo del 2018 en prisiones turcas por cuestiones políticas.
Por estas y otras razones es que el gobierno turco había sido acusado por el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos de crímenes y profundas violaciones de los derechos humanos y su presidente ha sido señalado como el culpable de esos penosos hechos.
La lamentable credencial democrática del señor Erdogan le ha valido la enemistad de los Estados Unidos y el duro cuestionamiento de la Unión Europea, que lo está presionando para volver a las prácticas democráticas.
Por eso no es de extrañar que el mandatario turco, que gobierna su país con la participación de un solo partido –el suyo– y del cual es presidente, sea uno de los mejores aliados de la única autocracia que hoy día sobrevive en Sudamérica, Venezuela. Y, por consiguiente, nada tiene de raro que sea uno de los mejores socios del dictador venezolano, Nicolás Maduro, quien somete a su pueblo a la miseria económica más dura de su existencia con un régimen político rechazado por todas las democracias del mundo. Porque el autócrata turco se refleja como en el espejo en los rasgos antidemocráticos de la fallida revolución de Hugo Chávez.
El manejo de los asuntos externos del Ejecutivo no es solo errático, sin un rumbo cierto, sino provisto de una notable incoherencia que deja atónitos a los observadores internacionales y a muchos paraguayos nos comienza a asustar. Porque, por un lado, el Gobierno quiere aparecer como amigo de los Estados Unidos y luego se alía con sus detractores y enemigos como Turquía e Irán. Trata de cultivar la amistad con las democracias de Occidente como la Unión Europea, pero se une a las naciones tildadas como antidemocráticas y hasta vinculadas al terrorismo como ciertos países árabes. Se enemista con Israel, gran amigo del Paraguay, y cultiva el acercamiento con los palestinos y otras naciones que lo quieren borrar del mapa y que nunca hicieron nada por nuestro país.
Decididamente, este gobierno está comprometiendo los intereses genuinos de nuestro país con la azarosa conducción de su política exterior. A este paso, poco faltaría para que nos hagamos también socios de Maduro y proclamemos nuestra alianza con otras naciones que pisotean los derechos humanos y dejan morir de hambre a sus ciudadanos.
El Gobierno, que tiene la potestad de conducir las relaciones exteriores, debe saber que sus errores perjudicarán seriamente a nuestro país con un grave costo para la ciudadanía. También debe tener presente que sus desaciertos no pasan desapercibidos y que más tarde o más temprano tendrá que rendir cuentas de sus acciones equivocadas.
Por todo lo cual, sería más saludable alejarse de las amistades peligrosas y seguir cultivando el relacionamiento con los buenos amigos de siempre.