La divulgación del video del brutal asesinato de un peón brasileño perpetrado por el EPP en la zona norte del país, autorizada y defendida nada más y nada menos que por altas autoridades del Gobierno, ha recibido numerosas críticas como era natural. Muchos políticos y expertos en materia de inteligencia reprocharon al Gobierno el prestarse a esta perversa maniobra que exhibe una inusitada brutalidad de los milicianos del grupo armado, que se ha esforzado en distinguirse por su crueldad. Crueldad que, por cierto, tiene un objetivo.

Los actos crueles, inhumanos y brutales han pasado a formar parte de esta estrategia empleada por el EPP, que se muestra orgulloso de sus actos “revolucionarios” antes que mostrar compasión, tiene como política el empleo de la brutalidad o la crueldad.

Estos actos, carentes de todo tipo de compasión o humanidad, son frecuentes como práctica de este grupo armado. Lo han demostrado en numerosas ocasiones como aquel atroz ataque contra un convoy de militares a finales de agosto del 2016, en el que ocho efectivos fueron emboscados y ejecutados en la zona de Arroyito.

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Este y otros crímenes cometidos por este grupo armado, lejos de generar algún tipo de humanidad o de disculparse, no han hecho otra cosa que confirmar que sus actos no se detendrán y que la crueldad será la marca distintiva.

El EPP, como todo grupo ideologizado, basa parte de su acción en la propaganda, en la amenaza y en el empleo del terror como elemento disuasivo. No hay que olvidar que grupos terroristas utilizan la brutalidad como un objetivo que tiene efectos psicológicos y hasta estratégicos como es el caso del Estado Islámico y sus sanguinarias imágenes de ejecuciones de cristianos, combatientes y hasta homosexuales en la región fronteriza entre Siria e Irak.

En el caso del EPP y la realización de filmaciones de sus crímenes, y últimamente de sus ejecuciones, buscan lograr objetivos claros dentro de su lucha: generar el repudio y la condena de los ciudadanos, que a su vez lleven a una presión social sobre más resultados de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) en el norte del país, así como un efecto reclutador. A nadie escapa que la acción de este grupo armado, independientemente de sus fines y sus actos de violencia, atrae adeptos y seduce a posibles integrantes de sus filas.

Resulta inequívoco que el EPP –que es en la actualidad un grupúsculo no mayor de 20 milicianos, aunque disciplinados y bien armados– envía varios mensajes que cree que le significarán más beneficios antes que riesgos.

Es por todos estos aspectos que la difusión a la que se prestó el Gobierno, encabezado primero por el ministro del Interior, Juan Ernesto Villamayor, en una rueda de prensa y luego por el propio presidente de la República, Mario Abdo Benítez, justificando esta divulgación, fue un craso error.

Error garrafal debido a que el propio estamento que debe velar por la seguridad de sus ciudadanos se ha unido a la propaganda para diseminar la campaña de terror que desde hace casi 20 años este grupo armado busca infundir. No se supo hasta ahora con precisión, al menos no un argumento razonable, del por qué el Ministerio del Interior ha decidido difundir esas imágenes de apenas unos segundos, en las que se aprecia la agonía de un hombre “sentenciado” por la barbarie ideologizada.

Es indudable que ese video de la ejecución marcará un antes y un después en esta insólita lucha que libra el Estado paraguayo contra un grupo rebelde, puesto que a partir de ahora las imágenes de la crueldad terrorista del EPP, que se difundieron en algunos medios y a través de redes sociales, no solo alientan a muchos a unirse a su causa, a otros a vivir en pánico, especialmente en el Norte, sino que también –paralelamente– intimida a las fuerzas regulares. El video no solo es una ejecución, es también una advertencia. Y eso lo entienden, o al menos pueden entenderlo, en el más íntimo de sus fueros los militares y policías asignados a la zona norte, así como los ciudadanos que viven en zozobra.

Resulta hasta un insulto que los estrategas de inteligencia del Gobierno no hayan podido valorar esas imágenes como corresponde y haberse asociado a difundir la propaganda de odio y de terror que un grupúsculo busca imponer en el Norte.

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