Si el tango dice que veinte años no es nada, ¡qué pueden ser cien días de “gracia”! Y menos para evaluar a un nuevo gobierno… Sin embargo, fue un presidente, el norteamericano Franklin Delano Roosevelt, quien se puso la meta, pese a asumir el cargo en plena crisis económica, o, justamente, por eso.
Cuentan algunos que amaneció en su despacho tomando medidas de urgencia y que así anduvo “sonambuleando” durante un buen tiempo, hasta que logró ciertos resultados, o, por lo menos, dio esa impresión y dio lugar al optimismo. O, por lo menos, dio la impresión al país de que el presidente estaba firme y timoneando con dedicación y firmeza el barco.
Cuentan los politólogos que desde entonces el desafío de los presidentes es bipolar: pueden asustarse por los cien días que se le vienen con velocidad de vértigo, con una platea nacional evaluando anhelante el presente y barruntando el futuro, con más o menos bonanza, con mejor o peor tiempo, o, tomar, como Roosevelt, la crisis como un desafío y amanecer poniendo en marcha un programa de gobierno que debe estar trazado, desde mucho antes, para que pueda tener efectos y dar la impresión de que el nuevo gobierno gobierna y no está dormido en los laureles del triunfo electoral, que de eso sí, creo yo, ni el tango más descarado y arrabalero se animaría a decir que “no es nada”. No hay borrachera más embriagante y peligrosa que la del triunfo.
En la primera etapa de estos cien días, la impresión que ha dado el presidente Benítez es la contraria a la que se propuso Roosevelt; en vez de atornillarse en su gobierno y empezar a gobernar con todo, fue la de alejarse, tal vez para tomar impulso; primero al Vaticano y a la República italiana, con un desenlace poco feliz, más bien de escándalo y de críticas, ya que más allá del brillo que otorga el Vaticano en sesiones más conversadas, en este caso, se diluyó en la cuestión social de una comitiva más bien informal que política; obviamente, los ecos que se difundieron en el país fueron sociales.
Y luego, a la cumbre iberoamericana de Guatemala que, dadas las circunstancias del país centroamericano, de la región y de la agenda, no parecía tan importante, ni siquiera un atisbo de centro que pudiera tener trascendencia tan determinante en la actual coyuntura de un gobierno que tiene que dar sus primeros pasos. Es más, ha sido calificada, de entrada y de conclusión, por las actuales circunstancias, de intrascendente.
Y si la imagen hacia el exterior ha sido poco feliz, la interna ha sido de catástrofe, dado que entre las ausencias internacionales y nacionales, entre el ministro y la viceministra de Educación, sin duda la cartera más importante para un país que lucha arduamente para superar su déficit educativo y con una inmensa juventud ansiosa de educación en serio, se produjo un quilombo, por la forma en que se lo manejó o, mejor, en que se lo dejó al arbitrio de las internas gubernamentales, sin conducción, generando hasta una batahola populachera en torno a la cartera, cuyo destino quedó fuera de la capacitación técnica, profesional en materia educativa, y en manos de un zigzagueante, en política y profesionalmente, que en la compleja y delicada materia de Educación es como mucho “idóneo”, con el perdón de los idóneos que se han forjado con esfuerzo en sus materias.
La desavenencia ministerial, dilatada innecesariamente por falta de presencia y decisión presidencial ha tenido incluso críticas y repercusiones políticas adversas dentro del mismo movimiento político del Presidente. Un despelote, hablando claro y pronto, “añetete”. La gestión o la falta de gestión presidencial, para ser más precisos, se ha agravado con la restitución en las FFAA de un militar que había renunciado para hacer campaña política, una aberración que no cabe en democracia alguna que se respete y que respete su propia Constitución y sus leyes.
Para colmo de metidas de patas, el Presidente, desinformado, aterrizando en el país, criticó la difusión de un polémico video en que se amenazaba de muerte a la fiscala general del Estado, documento que, por razones obvias en las circunstancias que atravesaba el país en ese momento, de escándalos de mafias narcos en acción, era de interés público, y que por tal razón fue dado a conocer por el propio ministro del Interior del Gobierno.
No es necesario enumerar todos los otros conflictos vividos en estos primeros días, como los enfrentamientos violentos en pleno centro del corazón productivo del país y varios más de distintos talantes que llevaron a que un senador le pronosticara al presidente recién asumido, el destino de Lugo; por suerte para él, el declarante es uno de los más disparateros legisladores que han pasado por el Congreso Nacional, y eso que han sido y son muchos los competidores.
En fin, aunque parezca que cien días son pocos, pueden ser, de acuerdo al timonel y a los vientos que soplen, muchos. Y calamitosos si el timonel, al contrario que en el caso de Roosevelt, parezca que está ausente. Es sin duda la inexperiencia y la falta de tino para consultar. Valga el consuelo que le ha ido peor al electo en Colombia, que después de haber arrasado en las elecciones ya está enfrentando el vértigo de la pendiente de los cien días por no seguir el ejemplo de Roosevelt. Nunca es tarde, si se corrige el rumbo a tiempo.

