Las imágenes difundidas por nuestros medios son inapelables: el actual comandante de la Armada en pleno proselitismo político e instando a votar por los candidatos de un sector a sus pares, a quienes citó incluso por sus rangos y capacidades.
No se puede saber si la actividad política de la que fue parte principal se desarrolló antes o después de su retiro voluntario, pero sea como fuera es gravísimo que el comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la Nación no tuviera en cuenta a la hora de escoger al nuevo jefe de la Armada que el mismo fue –nada menos– que puntero político de su campaña electoral, lo cual rompe con un principio de no injerencia política que estuvo vigente desde el fin de la dictadura.
Ni al propio Lino Oviedo, ex comandante del Ejército, se le ocurrió reintegrarse a las fuerzas militares una vez que el sector político de su preferencia y para el cual hizo campaña ganó las elecciones consagrando a Raúl Cubas Grau presidente en 1998.
Desde todo punto de vista, la reinstalación y acomodo de Velázquez en tan alto cargo es una bofetada para la gran mayoría de altos oficiales que esperan una oportunidad de promoverse en su carrera profesional sin inmiscuirse en la política partidaria.
Con este nefasto precedente, los altos mandos militares terminarán optando por hacer el show del retiro a poco de los comicios para regresar como supuestos “perseguidos” cuando los resultados sean favorables para el sector al que apoyaron con todos los ritos más tradicionales del proselitismo electoral.
El grado de injerencia política en esta designación es lamentable y deben –necesariamente– tomarse los recaudos para enmendar este error.
Principalmente el ministro de Defensa debe salir de la actitud de sometimiento a las sinrazones políticas partidarias para preservar a las Fuerzas Armadas con buenos consejos al comandante en Jefe.
Se debería esperar que el presidente de la República reconsidere la medida para sostener un clima de respeto dentro de los cuadros militares, salvo que su objetivo sea revivir aquel histórico trípode que sostuvo la dictadura poniendo el pañuelo colorado sobre el cuello de los generales de la Nación.

