Hace unos días, las autoridades muni­cipales y también desde el Ejecutivo, se advirtió que la crecida de las aguas del río Paraguay estaban en un nivel que preocupa mucho debido a la rapidez con la que se llega a los números críticos.

La gran cantidad de población ribereña, especial­mente en Asunción, aunque en otras ciudades del sur del país también se lucha contra las crecidas desde hace muchos años, es ya afectada en forma bastante agresiva en la actualidad y, aunque desde hace un tiempo, se trabaja en forma más seria y coordinada desde la Secretaría de Emergencia Nacional, el temor crece fundadamente, pues las lluvias abundantes no cesan y eso aumenta a diario el riesgo de más afectados.

Los datos ofrecidos el fin de semana último infor­man que ya son cerca de 600 las familias despla­zadas en Asunción, por la crecida del río Paraguay. Una cantidad muy significativa, a esta altura del año, ya que las intensas lluvias han acelerado el proceso de inundación y afectado aún más la pre­caria situación en la que viven las personas en los bañados.

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La ciudad comienza a mostrar el rostro de la emer­gencia y de la urgencia. En la Plaza de Armas, frente a la Catedral, ya hay 150 familias instaladas proce­dentes de la zona baja del barrio Ricardo Brugada (la Chacarita), que según datos de la SEN, hasta ahora es el sector de la ciudad que es más afectado por la crecida. Las familias viven en pequeños espacios de madera y chapa.

Muchas de esas personas afirmaron ante la prensa que se sienten abandonados y que apenas hace dos meses que dejaron la plaza a la que tienen que volver. Hubo críticas a las autoridades municipales y tam­bién a la prensa que fue acusada de buscar solo imá­genes e historias impactantes para contar pero “no hacen nada” para ayudarlos.

Desde el municipio, se afirma que en realidad esta crecida fue una sorpresa. No esperaban que en tan poco tiempo se superaran las previsiones y tuvieron que asistir a los damnificados de urgencia lleván­dolos a esa zona alta sin terminar las tareas de pre­vención con construcción de nuevas viviendas de emergencia y, sobre todo, con la habilitación de refu­gios organizados. En ese sentido, según expertos de la Municipalidad de Asunción, se espera que hasta diciembre, la altura del río llegue a los 7 metros, lo que obligará a evacuar a más gente cada semana.

Los problemas se suman a diario. El drama no es solo el agua que inunda por meses las viviendas de los bañados, sino que el lugar todo, queda inha­bitable por largos meses y se vive, por decirlo de alguna manera, en una permanente y reiterada carencia.

El problema existe y no podemos mirar hacia otro lado, porque, como bien dicen los que trabajan en el tema, cada vez se ocupan más espacios en zonas bajas y las soluciones precarias, ni los refugios, serán suficientes para paliar la crisis en la que miles de personas se ven directamente damnificadas. Tal vez, sea hora de potenciar la construcción y traslado de viviendas permanentes para las familias que habitan zonas que ya no son ni serán viables como espacios para viviendas.

Por otra parte, está la tensa situación que se produce con cada traslado de familias afectadas por la cre­cida, a espacios públicos como las plazas y paseos centrales de boulevares y avenidas. Las historias de tensión, discusiones y acusaciones mutuas, ele­van el riesgo de violencia, además de convertir a los barrios en zonas de disputa o de peligro.

De acuerdo con todas las instituciones y organismos involucrados en vigilar el comportamiento de las aguas y las previsiones, la situación irá agravándose con el paso de los días. Ya no se trata de poner paños fríos o de discutir sobre una realidad que nos inter­pela. Allí, en los refugios improvisados, hay perso­nas vulnerables de todas las edades: ancianos, niños pequeños, mujeres embarazadas, chicos y grandes con discapacidad.

Y la sociedad y sus instituciones, así como quienes trabajan o son miembros de orga­nizaciones de apoyo a quienes viven en los bañados, tienen que ser capaces de hacer a un lado el secta­rismo y los intereses personales o políticos y coyun­turales para aportar ideas que tiendan a solucionar este drama que condiciona la vida de los afectados directos y de toda la ciudadanía asuncena.

Porque el riesgo de las inundaciones va más allá del agua que entra a algunas casas precarias. Llega a convertirse en un riesgo para la salud de todos por el peligro de las aguas contaminadas, la proliferación de criaderos de mosquitos transmisores de dengue y otras enfermedades, además de otras patologías respiratorias e infecciones graves.

También es una mecha encendida que puede aprovechar la intole­rancia y desatar situaciones de violencia e intole­rancia. Y, por sobre todo, porque es un problema real que cada año sucede con mayor frecuencia y gravedad y no afecta a pocos, sino que se calcula que son unas 26 mil las familias directamente damnifi­cadas en la capital del país. Un tema no menor, que amerita soluciones reales y permanentes.

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