La consolidación de un Congreso en una democracia tan limitada como la paraguaya es esencial porque constituye uno de los pilares del sis­tema republicano y, sobre todo, porque es la extensión de la representación de la soberanía popular.

El Parlamento es el recinto donde –usual­mente– se debaten los grandes temas naciona­les que eventualmente pueden convertirse en una ley. Es, o debería ser al menos, un sitio de debate de ideas, de intercambio de pareceres y opiniones como de la búsqueda de consenso, por sobre las ideologíasinclusive. La clave es hallar la anuencia sobre la base que los acuerdos deben darse con sentido común y entendiendo que el verdadero interés es el pueblo, y no los intereses sectarios.

Aunque en años anteriores y legislaciones pasa­das se han registrado sucesos bochornosos pro­tagonizados por diputados o senadores, dentro y fuera del hemiciclo de las cámaras del Con­greso, lo sucedido esta últimasemana con los hechos incurridos por el senador Paraguayo Cubas da pie a la reflexión.

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Si bien la clase política paraguayaúltimamente se ha caracterizado más por el alejamiento de losgenuinos intereses ciudadanos, de las gran­des preocupaciones nacionales, para centrarse en aspectos más corporativos y ha adecuado sus actos a una suerte de vicios, no es menos cierto que aquel que ejerce la representación sobe­rana del pueblo debe hacer respetar y respetar él mismo las instituciones y a quienesintegran la misma. Así como Cubas se ganó el respeto de suscolegas, que comprenden que la represen­tación del mismo deviene de miles de votan­tes paraguayos que confiaron en su gestión, ese mismo trato el citado legislador debe brindar a sus 44 colegas de la Cámara Alta, no porque cada uno de ellos lo merezca, de manera perso­nal, sino por respeto a la investidura. Más allá del encono o de la diferencia de ideologías, es la dignidadque otorga el pueblo el que se tributa, se tolera y se cuida.

No cabe duda de que el bochorno, primero en la sala de sesiones durante una reunión de comi­sión que debía tratar el delicado tema como es la terna para llenar la vacancia en la Corte Suprema de Justicia, y segundo en un set de televisión en Villa Morra, no solo transmite una imagen que contrasta con el decoro y la rectitud que deben tener nuestros parlamentarios, sino que penosamente también hacen una apelación ala violencia como método para solución de conflictos. Esta no es la vía para el remedio.

Los legisladores, los que representan al pueblo, deben cumplir con su mandato, esto es legislar para elbien común, servir de intermediarios con la ciudadanía, ser un contrapeso del poder mediante la fiscalización al sector público y al privado. No convertir la sala de sesiones en un cuadrilátero de pugilismo.

Estos hechos han provocado también una situa­ción llamativa que ha podido verse en redes sociales –una suerte de retumbo del sentir ciu­dadano– luego de estos exabruptos de Cubas. Estos hechos han provocado que una parte de la opinión pública se vuelque más por el agre­sor que por el agredido. Esto debe llamar a la reflexión, especialmente a la clase política, que debe acusar recibo de este tipo de conductas: ya sea por hartazgo o saturación ante la impuni­dad, ante aquellos legisladores que hoy están procesados y que nunca han sidocastigados por los hechos que fueron denunciados.

Es también una señal inequívoca contra la desidia autoim­puesta con la que actúan jueces y fiscales para dilatar por años los diferentes procesos que hasta ahora no han tenido sentencia. Lógica­mente, esta impunidad, esta falta de protección ciudadana ante sus autoridades envilecidas termina desgastando el crédito que deposita el común en sus representantes.

Es hora de recuperar la dignidad de una insti­tución tan sagrada para la democracia como el Poder Legislativo, pero es menester tam­bién que sus integrantes adecuen su conducta y decoro para obrar en consecuencia. La vía es el consenso, no el cinturón.

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