El canciller nacional, ingeniero Luis Castiglioni, dijo a los medios que lamentaba muchísimo la actitud del gobierno de Israel de retirar su embajada de Paraguay a raíz de la vuelta de la representación diplomática paraguaya a Tel Aviv. Quiso descalificar la medida israelita señalando que la decisión tomada por el primer ministro de ese país, Benjamín Netanyahu, es una actitud “bastante temperamental y visce­ral”. De ese modo, con muy poco tino diplo­mático, no solo defendió la torpeza de sacar la embajada paraguaya de la capital de Israel, Jerusalén, sino que criticó las palabras del jefe de Estado de ese país con una expresión que puede considerarse casi como un ataque.

Una muestra más de la torpeza de Castiglioni que, como jefe de las relaciones exteriores, no puede atacar de ese modo al primer ministro de una nación amiga, al catalogar la decisión de Netanyahu como irracional. En castellano la expresión visceral que usó el canciller no sig­nifica otra cosa que irracional y señalar eso del primer ministro de otro país es cuando menos inadecuado, poco amistoso e incluso hostil.

No puede afirmar eso de un jefe de Estado a menos que no sepa lo que dice y quiera demos­trar su total incapacidad para la tarea diplomá­tica. Si se hubiera callado, no hubiese cometido ese nuevo error y tampoco se habría añadido otra leña más a la hoguera.

La explicación dada por el Gobierno de por qué cambió de sitio la embajada de Paraguay a Tel Aviv es otra perla para la antología del vyro­rei (tontería). El canciller dijo a los medios que el presidente Mario Abdo explicó al vicepresi­dente de los Estados Unidos, Mike Pence, que Paraguay traslada su embajada a Tel Aviv “con un afán de contribuir al proceso de negociar una paz en la que tengamos una paz digna y en la que los dos estados puedan salir ganancio­sos (refiriéndose a Israel y a Palestina)”. Lo que quiere decir, en otras palabras, que mediante la decisión del Gobierno paraguayo de cam­biar su embajada se resolverá el tradicional conflicto entre israelíes y palestinos, que tiene raíces históricas y políticas muy complejas y profundas. Si no se tratara de una decisión de Estado, se podría creer que la del Gobierno es una actitud ingenua, por no decir inadecuada y ridícula.

Castiglioni no dijo lo que ahora se sabe: que la decisión de Mario Abdo se debe a la presión que ejerció sobre él el canciller palestino, Riyad al-Maliki, según la cancillería de Palestina, que casualmente el miércoles anunció la apertura de su embajada en Asunción.

Le guste o no a Castiglioni, la ciudad de Jeru­salén es la capital del Estado de Israel, desde su reconocimiento internacional como tal. Por eso, en 1949, el creador de ese Estado, el primer ministro Ben Gurión, estableció en esa ciudad la sede de los tres poderes: el Ejecutivo, Legis­lativo y Judicial. Y desde ese entonces sigue estando ahí el Gobierno de esa nación.

Históricamente, la embajada paraguaya siem­pre estuvo en las inmediaciones de Jerusa­lén. Incluso después de la resolución de las Naciones Unidas de 1980 que recomendaba a sus países miembros que mudaran de Jeru­salén sus representaciones diplomáticas, el Paraguay siguió manteniendo su embajada en un suburbio de Jerusalén llamado Mevasse­ret Zion. Hasta 2012, en que nuestro país cerró su representación diplomática porque Israel lo había hecho así en Asunción, por razones presupuestarias. Solo cuando Israel volvió a reabrir su legación diplomática en el país, en el 2013, el Paraguay instaló su embajada en Tel Aviv.

El Gobierno tiene la obligación de conducir las relaciones internacionales con profesio­nalismo y tino diplomático. No puede mane­jarse con actitudes infantiles cometiendo actos ridículos que pueden ocasionar malestar en los países amigos. Debe comprender que Israel, un dilecto amigo, no es cualquier nación del mundo. Nos unen razones históricas, nume­rosos intereses comerciales, cooperaciones técnicas y sentimientos de afecto que se deben poner en la balanza a la hora de actuar.

Y no puede defender sus errores con actos y palabras de increíble torpeza.