El pasado jueves 12 de julio dejó de existir en la ciudad de Buenos Aires Carlos Federico Abente, poeta, médico, erudito, uno de los últimos humanistas. Un paraguayo inolvidable. Tenía 103 años y una extensa historia vinculada desde la distancia hacia la tierra que lo vio nacer en 1914, en la zona de Areguá, y de la que había mar­chado cuando apenas tenía 7 años de edad para vivir de manera permanente en el vecino país.

Una de las virtudes que más cultivaba y por el que es recordado por aquellos que lo conocieron y le sucedieron era su extrema solidaridad. En este sentido, su existencia estuvo marcada por sus pasiones, la medicina y la poesía, y en cada uno de estos ámbitos siempre mostró su lado más humano y creativo, aunque considerando siempre al prójimo que precisaba de algún tipo de ayuda.

El humanismo que aplicaba como expresión de vida se extendía a cada aspecto de su labor. Abente se distinguía por una conducta que exal­taba al género humano y basado en este concepto, su imponderable arte, su acción por los enfermos en la Argentina así como todo lo que hacía, por tanto, se habían transformado en trascendentes. Y esa trascendencia alcanzó no solo por su inva­luable aporte cultural, sino sobre todo humano.

A pesar de que gran parte de su vida vivió lejos de su tierra, jamás pudo sepultar su enorme afecto por sus raíces y producto de ello era esa estrecha como inexplicable relación con el gua­raní, idioma en el cual forja gran parte de su pre­ciada labor (escribió varios poemarios en este idioma), que se corona con la monumental gua­rania “Ñemitŷ”, que junto a la música de José Asunción Flores, ha convertido esta canción en un verdadero himno de esperanza, de aliento para aquel hombre de campo que se forja su pro­pio progreso a base de sacrificio y de esfuerzo.

Con la partida de Abente también se va uno de los compatriotas más elevados y quien supo pertenecer a una camada de notables paragua­yos. A una legión de notables y admirados como el propio José Asunción Flores, con quien tra­bajó en varias canciones, Elvio Romero, Rubén Bareiro Saguier, Mauricio Cardozo Ocampos, Félix Pérez Cardozo, Hérib Campos Cervera o Augusto Roa Bastos, una generación que ha dado enormes contribuciones a la expresión artística más diversa del Paraguay.

Este extraordinario hombre, que prodigaba su conocimiento médico a cualquiera que lo pre­cisaba, sea de la nacionalidad que fuere, tam­bién destacó al convertirse en dique y sostén de aquellos compatriotas que huían del país o eran obligados al destierro. Su generosidad y solidaridad eran de un tamaño tal que no tenía reparos hasta de ofrecer su propia casa para acoger a aquellos que escapaban de las injusti­cias que proliferaban en el país. Así, uno de los insignes inquilinos de la vivienda de Abente fue nada menos que Roa Bastos, quien supo ganar el apoyo del poeta durante su primer exilio, allá por el año 47 del siglo pasado.

Sin dudas, el país está de luto. Porque con la muerte física de Abente se apaga una de las plu­mas más creativas y se cierra uno de los capítu­los más brillantes en el ámbito literario y folkló­rico de nuestro país.

La dimensión de Abente trasciende su propio tiempo y su legado perdurará para siempre como una lámpara votiva que perpetúa su creación y su ideario, aquel que permanece en el pasaje más emotivo de “Ñemity”, que deja como una suerte de alegoría, de una búsqueda permanente del bienestar:

“Ñañemitŷ / tahory ñande kéra yvoty / toguahê tetãygua araite/ topu’ã Paraguay”.

“Cultivemos / que sean alegres nuestros sueños / que llegue el tiempo de los compatriotas / que se levante Paraguay”.

Que nuestro país se levante y que la patria que todos los paraguayos soñamos y nos merecemos sea realidad. Para honrar a Abente y para honrar a todos aquellos paraguayos de bien que dieron molde a este bendito país.